Crítica Amor, dolor y qué me pongo La obra dirigida por Mercedes Morán tiene momentos emotivos y desopilantes.
En el universo femenino, un vestido puede desplegar todo el glamour de quien lo porta y también puede ocultar un dolor profundo. En ese vaivén de emociones y sensibilidades a flor de piel se mueve Amor, dolor y qué me pongo , la pieza estrenada en el Tabarís en la que debuta como directora Mercedes Morán.
En el escenario, cinco actrices, Leonor Manso, Cecilia Roth, Ana Katz, Jorgelina Aruzzi y Mercedes Scápola, son en realidad mucho más que cinco mujeres: se transforman en cientos de voces femeninas que monologan, dialogan entre sí, hablan, gritan, ríen, murmuran, lloran y evocan momentos de sus vidas a través del recuerdo que les provocan distintas prendas.
La pieza, estrenada en Broadway el año pasado, está basada en un libro de Ilene Beckerman que acompañó sus relatos con dibujos de ciertas ropas que la marcaron a lo largo de su vida. A partir de ahí, las hermanas Nora y Delia Ephron (reconocidas guionistas de Hollywood con películas como Cuando Harry conoció a Sally , entre otras) lo convirtieron en obra teatral y Mercedes Morán (junto a su pareja, Fidel Sclavo, quien también realizó la dirección de arte) hizo la adaptación local.
Leonor Manso es Ema, la mujer que hilvana los grandes y pequeños sucesos de su vida cotidiana como lo haría con los pliegues de una delicada blusa. Cada prenda que se le viene a la mente -que el público ve dibujada en grandes cartulinas que se suceden a lo largo de su relato- la retrotrae a diferentes momentos: desde su uniforma escolar y los colores de la infancia, pasando por su vestido de novia, sus trajecitos de ocasión y otras ropas que la acompañaron como habitaciones de sus estados emocionales. Así, esos vestidos fueron prisión, vidriera o simple cubierta para la piel.
El relato de Ema es interceptado, interrumpido y completado, según cada momento por las voces de los otros personajes que nos remiten a sus respectivos pasados, a una moda perimida o a una obsesión. Pero todo con la clásica naturalidad femenina para pasar de un tema a otro sin necesidad de demasiados nexos, salvo el de la propia memoria emotiva, fragmentada y arbitraria.
Los pantallazos que aparecen en forma de personajes evocan desde el amor por un par de botas, idealizadas por la juventud y el amor real de entonces hasta las increíbles peripecias que solemos pasar las mujeres en los probadores de un local. Tampoco falta la alusión a esas prendas que nos atrapan por algún motivo y de las que no nos podemos desprender y que viven como fantasmas colgadas en un placard. Y tampoco faltan los recuerdos de nuestros primeros guardarropas, armados por las manos maternas o esas prendas que nos regalaron (sobre todo las madres) y que, por más vueltas que les demos, no hay manera de que nos identifiquen.
En esta pieza se habla de ropa pero la moda es un concepto que apenas roza la puesta, lo mismo que la frivolidad del shopping y el consumo. Acá la ropa es todo el resto: el miedo, el humor, la intuición, la ternura, la pura emotividad; ejes por donde se mueven los relatos, como olas en un eterno vaivén.
Por momentos el clima se parece al de una conversación entre amigas, a la cual el espectador asiste como voyeur admitido: las mujeres participan de la complicidad y los hombres pueden saciar su curiosidad por cierto universo que les es bastante ajeno.
Con poquísima acción, las actrices apelan, sobre todo, a las sutilezas y matices del lenguaje y despliegan todo su profesionalismo para transmitir los detalles.
Leonor Manso parece en perfecta consonancia con su personaje que se muestra frágil y sabio, en un momento de la vida donde las apariencias ya no tienen lugar. Cecilia Roth deja fluir a sus criaturas y las acerca al público; Ana Katz, Mercedes Scápola y Jorgelina Aruzzi pasan con mucha gracia y soltura de un clima a otro (con momentos desopilantes de Aruzzi) sosteniendo a sus personajes en un limbo de ilusión que permite al público identificarse con muchos de ellos.
El debut de Mercedes Morán como directora se planta en la sencillez y apela al oficio de las actrices.Minimalista (partiendo del texto mismo, sin grandes pretensiones dramáticas y con el fondo de siluetas de vestidos que asoman desde la memoria), logra recrear un clima intimista femenino pero no feminista ni sexista. Recurre a la delicadeza y a los trazos sutiles para dar forma y evocar con sabor agridulce el complejo y misterioso mundo de las mujeres.