Todavía debe quedar gente -entre la que me cuento- que recuerda un tiempo en el que cada barrio contaba con no menos de un club, en el que confluía una serie de circunstancias positivas. Por una parte, los jóvenes adolescentes tenían oportunidad de practicar algunos deportes, aprender juegos de salón (entre ellos, el ajedrez), escuchar música, leer, o simplemente encontrarse con amigos para conversar y planear una salida.
Los adultos, por su parte, se limitaban a jugar a las cartas y, como complemento, había un intercambio de historias, chistes o simplemente recuerdos. Aquí viene al caso mencionar otro rasgo que califica a esos clubes, la valiosa oportunidad de mezclar a dos generaciones y darle entidad a eso que llamamos interacción social, porque eran ocasiones en las que muchachos y hombres mayores dialogaban para preguntar unos, y dar opiniones y consejos otros.
El club de barrio era, pues, un preciado lugar para disfrutar de la condición gregaria del ser humano a la vez que fortalecía el sentido de pertenencia al vecindario. Condiciones estas que tienden a desaparecer, para alarma de los sociólogos y de los que no lo somos, como el que escribe estas líneas.
Como ahora son los gimnasios los que ocuparon el lugar de aquellos clubes, y allí todo se limita a la cultura física individual, las instituciones barriales perdieron su energía y a lo sumo son refugio para socios de la tercera edad.
¿Qué hizo nuestra sociedad para superar el vacío que padecen los jóvenes? Muy poco, o directamente nada.
Centros juveniles
Dos colegas argentinos que tienen desde hace muchos años su estudio y sus tareas docentes con base en Nueva York, Diana Agrest y Mario Gandelsonas, proyectaron varios centros juveniles para municipios "difíciles" como el Bronx y Brooklyn. Son edificios de formas dinámicas y transparentes, con espacios flexibles y gratificantes en los que los jóvenes encuentran respuestas que no están en las calles, adonde asoma con frecuencia el delito, el alcohol y la droga.
Incluso cuando se construyó el primero de esos proyectos, con mucho cristal en un frente curvo, Diana y Mario tuvieron que defender este planteo frente a las advertencias del peligro que implicaba tener fachadas vidriadas allí donde podía haber pedradas y otra clase de agresiones.
Hubo, en efecto, algún episodio ingrato, pero después y durante los años que lleva en funciones ese Centro Juvenil, los hechos demostraron que fueron los mismos jóvenes los que ayudaron a preservar "su edificio" de daños o atentados.
Eso me recordó aquel comentario de un ordenanza del estupendo centro juvenil que se construyó en Medellín (diseñado por Laureano Forero) que, como respuesta a mi pregunta, sorprendido por la limpieza de los muros y ascensores, sin graffitis ni pegatinas, me preguntó: ¿Cómo y por qué lo van a ensuciar, si es de ellos? Es urgente que la sociedad en su conjunto, con o sin los políticos, instale el programa de los Centros Juveniles como una urgente demanda de la juventud actual. Si así no lo hiciéramos, que Dios, la Patria y nuestros descendientes nos lo demanden.