El domingo pasado, un eclipse total de sol oscureció la misteriosa isla en medio del Pacífico; miles de viajeros llegaron hasta allí para capturar el momento
HANGA ROA.- Hay quienes prefieren la playa y quienes van siempre a las sierras. Están los que pasan sus vacaciones en grandes ciudades y los que terminan invariablemente en algún parque nacional. Son muchos los que no se pierden un museo, una catedral o incluso un cementerio famoso allí donde vayan. Y están también los que viajarían a cualquier lado sólo para ver... un eclipse.
En serio. Si el turista convencional suele buscar sol, se podría decir que los llamados "cazadores de eclipses" son turistas al revés: dan la vuelta al mundo para capturar el extraordinario instante en el que el sol desaparece en pleno día.
Y ésa es justamente la experiencia que más de 3000 modernos peregrinos ansiaban el domingo último en medio del Pacífico, en la (hasta entonces) tranquila isla de Pascua. Por eso, a los siete vuelos que llegan por semana de Santiago de Chile al pequeño aeropuerto de Mataveri se agregaron ocho más. Y a pesar de que en los últimos años la hotelería local creció notoriamente, hasta alcanzar las 1500 plazas, la mayoría de los extranjeros debió buscar alojamiento alternativo o simplemente arribar por la mañana y partir a última hora.
El 11 de julio estaba bien marcado en los calendarios de los eclipse chasers, tribu nómada que agrupa tanto a astrónomos destacados como a meros entusiastas, con capítulos por toda Europa, Estados Unidos y Japón. Según lo previsto, alrededor de las 13.30, hora de la isla, la luna cubriría al sol durante 5 minutos 20 segundos, provocando una breve noche en pleno día.
También los isleños esperaban la fecha ansiosos, por el fenómeno en sí y por el movimiento de turistas. No se equivocaron: esta minoritaria, pero inquieta modalidad viajera dejó, en menos de una semana, más de tres millones de dólares.
La remota Rapa Nui, claro, con sus tesoros arqueológicos y su enigmática cultura era un destino especial para despuntar este vicio de cazar eclipses. Todo un programa, aterrizar en el medio del Pacífico, el Ombligo del Mundo, el lugar habitado más aislado del planeta (a 3500 kilómetros de Chile y casi 4000 de Tahití); tan poco visitado como globalmente famoso por sus monumentales moais, rostros vigilantes, esculpidos en grandes rocas volcánicas y montados sobre ahus o altares.
Temporada de caza
Así que allí fueron, un poco como en un congreso de profesionales, delegaciones con banderas, remeras, distintivos y, sobre todo, cámaras, superlentes, trípodes y unos anteojos de cartón retrofuturistas , parecidos a los del cine 3D. Grupos de cinco a cincuenta personas, mayormente de entre 40 y 60 años, coordinados por agencias especializadas en eclipse-tours y acompañados por astrónomos-guías. No sin cierta preocupación: el clima en Rapa Nui puede ser bastante lluvioso y, de hecho, en la víspera del gran día se presentaba tormentoso y con pronóstico meteorológico reservado.
Ninguna nube se interpuso, sin embargo, entre los rapa nui, sus invitados de honor y la fiesta del eclipse: puntual, la luna llegó a la hora señalada para ocultar al sol y dejar, de pronto, a la isla en penumbras. Salvo por la luz de las pantallas de las cámaras y por las antorchas, que se movían de acá para allá entre un griterío eufórico y el sonido de tambores ceremoniales. Los cazadores de eclipses estaban en el paraíso.
La mayor concentración de telescopios se había dado en Ahu Tahai, sector entre el pueblo de Hanga Roa y el Museo Antropológico Sebastián Englert, donde se encuentran algunos de los moais más fotografiados, incluyendo un conjunto de cinco gigantes, alineados de espaldas al mar. Mientras tanto, otros acampaban en Anakena, una de las dos playas en esta isla de costa casi totalmente rocosa.
"Es mi quinto eclipse y el mejor de todos", decía, apenas pasado el fenómeno, Walter, un belga de larga y blanca barba, uno de los cincuenta integrantes del grupo flamenco Volkssterrenwacht Urania. A los saltos, abrazados, los italianos de Stella Errante, una especie de agencia de turismo cultural cuyo slogan es viajar para conocer y entender , celebraban la nueva anotación en su currículum. Los únicos con ciertas emociones encontradas parecían ser los españoles: el momento histórico coincidía con el final del tiempo reglamentario del partido España-Holanda por el Mundial. En minutos más, tendrían la segunda alegría del año...
Y en pocas horas muchos de ellos estarían, con sus equipos y suvenires de caracoles, camino a casa. Como Sarah Morris, inglesa, viuda, física retirada, que acababa de anotar el cuarto eclipse de su carrera y que ya hablaba de retirarse. "Ahora me voy a dedicar a las ballenas. Mi próximo viaje va a ser para observar las ballenas en la costa de Baja California", decía sentada en el avión con otros veinte cazadores británicos. Uno de los compañeros, sin declarar sus intenciones, alineaba cuidadosamente sobre la bandejita del asiento un vaso de cerveza, uno de vino blanco y otro de vino tinto, más o menos como en un eclipse.