Néstor Brotti tiene 33 años; aparenta más. Trabaja desde hace seis como peón de taxi. Maniobra, frena y mete cambios en un Fiat Siena, en medio de un tránsito imposible.
Sale a la calle a las 7 y devuelve su herramienta de trabajo 12 horas después, previo depósito de $ 250 de alquiler. "El monto varía según el auto y la mayor o menor chance que te dé para atraer pasajeros", cuenta. Así, logra juntar unos $ 3500 por mes.
El es sólo una parte de un negocio tan porteño como el tango y que está integrado por 36.000 empresas rodantes a la pesca de pasajeros.
Con la bajada de bandera a $ 4,60 y una ficha que cae cada 200 metros y suma $ 0,46, los taxistas tienen en claro que deben recorrer unos 200 kilómetros por día, entre baches, manifestaciones y piquetes, para "hacer la diferencia". Lejos quedaron los dorados años 60, cuando se hacían 1000 fichas por día, lo que hoy equivaldría a $ 460 diarios, que por entonces valían mucho más.
Pablo García, de 30 años, desde hace cinco trabaja como peón. Conduce un Chevrolet Corsa durante 12 horas, todos los días del mes. "Saco más que en una fábrica; gano entre $ 3000 y $ 3500", cuenta. Eso le queda luego de pagar $ 200 de alquiler del auto y $ 25 de gas por día. El dueño del taxi le paga los aportes de ley, que suman otros $ 1200 mensuales.
En esas condiciones trabajan todos los afiliados al Sindicato de Peones de Taxi, que, según su titular, Omar Viviani, son 36.000. En el sector, casi no hay trabajo en negro; la pena por evasión es la quita de la licencia, que hoy cuesta $ 62.000, pero cuyo valor varía en el tiempo. Hace dos años costaba la mitad y, en 2001, $ 5000. "El gobierno porteño ya no entrega más licencias, pero siempre hay alguien que la vende", confía García.
"Las primeras ocho horas, trabajo para el dueño; después empiezo a embolsar lo mío, que no puede bajar de $ 100", cuenta Brotti. Esta es la fórmula más usual, aunque no es legal, ya que, en teoría, el chofer cobra un sueldo. "Son los peones los que piden eso, porque saben que sacan más que con un salario", apunta Alberto Rodríguez, secretario de la Asociación de Taxistas de Capital, que agrupa a 2800 afiliados.
La inversión inicial para el dueño es de unos $ 120.000, con los que compra la licencia y un vehículo adecuado. ¿Cómo sería la ecuación para el que maneja su propio taxi? Rodríguez corta una hoja de cuaderno y anota sin decir palabra. Termina, y luego dice: "Estos gastos suman $ 4085, que es lo que hay que restar a una recaudación de $ 8800, a la que llegás si manejás 12 horas diarias 22 días por mes. Quedan $ 4715 limpios".
"Es un negocio que tiene sus pros y sus contras", comenta Marcelo Krichmar, dueño y conductor de un taxi desde 1990. "Un día con el auto roto es un día perdido; si te hacen una multa, no baja de $ 200 y puede llegar a $ 2000", se lamenta el taxista.
También están las mandatarias, que administran el negocio de varios autos. Esta modalidad se originó en 1996 y acapara un tercio de los taxis porteños. Las empresas se hacen cargo de la relación laboral con los choferes y del mantenimiento del auto. Le pagan una renta mensual al propietario, que en promedio es de $ 2000, y el vehículo trabaja en dos turnos de 12 horas cada uno.
Una opción más rentable es comprar el auto, manejarlo un turno y hacerlo trabajar otras 12 horas con otro chofer. Pero en este caso se deben absorber todos los riesgos y poner el cuerpo 12 horas por día al volante.
Aquel que quiera invertir en este negocio "aurinegro" deberá saber que, como ocurre en todo rubro, éste tiene sus secretos, variantes y albures. Aunque quizá le resulte menos complicado que conseguir un taxi en la ciudad en un día de lluvia.