Todos a bordo: último aviso para el servicio Londres París que recrea los años de esplendor del ferrocarril, con coches cinco estrellas, comedor gourmet y ritmo pausado
LONDRES.- Welcome on board, madame .
No era una bienvenida convencional. El guarda, con impecables guantes blancos y uniforme de época, me abría las puertas del Orient-Express. El trayecto de Londres a París, con un cambio de tren y cruce por el Eurotúnel, era sólo un traslado físico. El verdadero viaje era al pasado, a revivir la experiencia de estar en estos trenes de lujo que hicieron furor en los albores del siglo XX y que hoy ofrecen un servicio renovado, pero con todo el glamour de aquellos tiempos, a un precio caro, no exagerado. Uno de esos viajes que se hace una sola vez en la vida.
Desde Victoria Station, el British Pullman, la versión inglesa de Orient, con vagones en tonos marrón y crema se escapa de las nuevas tecnologías y la alta velocidad. El leit motiv no es llegar rápido a París (para eso nada mejor que el Eurostar, que tarda menos de dos horas y media), sino recrear con toda la pompa aquellos viajes inolvidables en el mítico Orient-Express. Y sobre todo, disfrutar de la experiencia del trayecto, el suave traqueteo, la campiña que corre por la ventanilla y el exquisito servicio de a bordo.
El interior impacta: mucha madera lustrada, marquetería con diseño art déco, lámparas estilo art nouveau, cortinados al tono y baños con mosaicos en el piso, que atrapan la atención en cada minuto del viaje.
Apenas nos sentamos en cómodos sillones llegaron a la mesa, cuidadosamente servida, los ingredientes del brunch (es un tren diurno, sin camarotes). En bandeja de plata, con tetera de plata y vajilla acorde.
"La vajilla es Richard Ginori, de Italia, con diseño de Gérard Gallet, producida especialmente para el tren y con el estilo de las originales", cuenta Jeff Monk, el manager. "Este es un tren romántico, las expectativas de los pasajeros son altas, esperan lo mejor. Muchos vienen a celebrar aniversarios y cumpleaños", explica, mientras el tren deja atrás Londres y se interna lentamente en el condado de Kent.
Segunda vuelta
La historia de esta nueva etapa del Venice Simplon Orient-Express, más simplificada y turística, es tan atrapante como la de su antecesor.
Cuando en mayo de 1977 el viejo Orient-Express hizo su último trayecto, a James Sherwood, un norteamericano que hasta ese entonces no sabía nada de trenes se le despertó el interés por el tema.
En octubre de ese mismo año fue a un remate en Montecarlo de cinco vagones del Orient de la década del 20 que habían sido usados en la filmación de Asesinato en el Orient-Express con la intención de comprar algunos recuerdos, pero finalmente adquirió, nada más y nada menos, que dos vagones y los envió a los depósitos de Sea Containers, de donde era presidente, sin saber muy bien qué haría con ellos. "El movimiento de prensa y TV alrededor de esa venta me convencieron de que había magia en el nombre Orient-Express", recuerda en el libro sobre el Orient Express escrito por su mujer.
Le llevó cuatro años conseguir más vagones antiguos y originales, repararlos, negociar las rutas, hasta que por fin en 1982 comenzó a rodar la nueva versión del Orient-Express, con menos trayectos, pero todo el estilo y lujo de entonces.
"Muchos vagones estaban abandonados, dañados, o se les dieron otros usos. Este, por ejemplo, que se llama Lucille y se construyó en 1928, fue la casa durante 16 años de un coleccionista; Cygnus, de 1938, fue usado como restaurante y hubo otro que fue un gallinero", recuerda Monk, en camino por la campiña inglesa y mientras los pasajeros disfrutan de salmón, caviar, hongos y frutas.
La recuperación de los 35 vagones que forman el nuevo Orient-Express, que costó 16 millones de dólares, fue un trabajo de hormiga. Cada vagón es diferente, con decoración y estilo propios, que se mantuvieron en la restauración.
A medida que se compraron en diferentes rincones de Europa hubo que trasladarlos, desarmarlos, recuperarlos con modernas técnicas de restauración y adaptarlos a las nuevas regulaciones de seguridad, con vidrios nuevos y sistema eléctrico.
Lo más difícil fue reconstruir los paneles de marquetería, lo que requirió mucha habilidad: se encontraron con piezas faltantes, dañadas por el agua, e incluso con sectores completamente destruidos. Quedaron como nuevos.
El cruce al continente
En la estación de Folkestone West finalizó la primera etapa del viaje.
Antes de seguir en el Venice Simplon, el tren continental, éste sí con camarote y salón comedor, había que cruzar por el Eurotúnel.
En un segundo avanzamos 100 años en el tiempo. A bordo de un ómnibus de Orient-Express se sube a un tren de alta velocidad que en poco más de media hora cruza bajo el agua hacia Calais, un servicio que también transporta autos.
Muy cerca, en la estación espera el Orient, pintado de azul, blanco y dorado para el viaje a París. El tren continental es completamente diferente del inglés, con pequeños camarotes para viajes nocturnos.
En el camarote hay un sillón, que a la noche se convierte en dos literas, y un lavatorio. Los baños, sin ducha, están afuera y se comparten. También hay dos vagones comedor y uno bar, con un inmenso piano.
"Mi uniforme es de la época del 30 y la calefacción, con salamandras, como en ese entonces", cuanta Juan Pablo Barchuk, de 27 años, el único argentino que trabaja a bordo. "Trabajar acá es un desafío, hay que recrear la atmósfera de los años 30; los pasajeros vienen con muchas expectativas y hay que cumplirlas", explica.
El viaje se disfruta en la intimidad del camarote o en el bar, con pianista en vivo.
Llegó la hora de la comida y también de vestirse de gala, como indica la tradición. Menú de cuatro tiempos sazonados con la vista de la prolija campiña francesa apenas iluminada por el sol, que buscaba el horizonte. Esa atmósfera ideal se interrumpió con las luces y los andenes de Gare de l´Est, en París, que anunciaron el fin de este nostálgico viaje.