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La basura, entre premios y castigos

Fueron valiosas las campañas para tomar conciencia; influyeron las fuertes multas; penas de hasta 2 años de cárcel

La basura, entre premios y castigosLONDRES.- En 1989, la capital británica reciclaba sólo el 2,1 por ciento de los residuos que recogía. En 1999, el 8 por ciento. Hoy recicla el 25 por ciento. Este notable aumento no colocará a esta ciudad al nivel de Berlín (41%) o Nueva York (34%), pero, sí, al frente de otras capitales europeas, incluida París (15 por ciento).

El logro es aún mayor cuando se tiene en cuenta que sus siete millones de habitantes -con la ayuda de 28 millones de turistas al año- producen por año casi cuatro millones de toneladas de desechos (3.975.000 t en 2009). El 79% de estos desperdicios son de origen hogareño, mientras el restante 21% proviene de parques, paseos, oficinas y pequeñas industrias.

Como el resto de las ciudades europeas, Londres sigue los tres principios establecidos por la Comisión Europea: prevención (minimizar la cantidad y potencial toxicidad de los desechos); "el que contamina, paga" (quien genera la basura pagará por su procesamiento), y proximidad (la recolección y el procesamiento deben realizarse lo más cerca posible).

Para cumplir con la primera de las premisas, los británicos han tenido que aprender a "leer" su basura, de modo de saber cómo separarla en las tres categorías que corresponden a los tres recipientes de colores distintos que tienen en sus domicilios: azul (cartones, papel, latas y envases sin plástico), marrón (todo lo que sea orgánico, desde restos de comida a pasto de jardín) y verde (bolsas y paquetes de plásticos, vidrios y metales).

El contenido de cada uno de los recipientes es recogido cada 15 días. Quienes necesitan arrojar bultos grandes o tóxicos deben llevarlos a centros municipales de reciclaje situados en las afueras de la ciudad o pedir una recolección domiciliaria especial (a un costo equivalente a unos US$ 50 por 35 kg de desechos).

En Inglaterra, la política gira en torno de castigos e incentivos. Los que arrojan basura donde no está permitido (la vía pública, casas abandonadas, etc.) reciben duras sanciones, desde multas de cientos de libras hasta dos años de prisión. Además, los nombres de los infractores son publicados en todos los medios de comunicación.

El desafío más grande para los habitantes de esta gran isla consiste en reducir el acumulamiento, incineramiento y enterramiento de residuos, tanto por razones de espacio como ambientales.

El producto que causa las peores pesadillas son las bolsas de polietileno por no ser biodegradables. Todavía no se ha prohibido su circulación, pero las autoridades convencieron a los grandes supermercados para que ofrezcan a los consumidores lo que llaman "bolsas de por vida", es decir, bolsas de algodón que pueden utilizarse varias veces. Cada vez que los consumidores las usan reciben "créditos verdes", que se traducen en descuentos en sus compras.

Medidas como ésta han tenido éxito en ciudades como Oxford, cuyos 135.000 habitantes reciclan ahora el 45% de sus residuos. Una iniciativa privada que tiene también allí mucho éxito es el Freecycle Network (Red de Libre Reciclado), que, al estilo de los sitios web de subasta de productos, permite a la gente desprenderse o bien trucar, gratis, productos para los que no encuentran más uso.

El alcalde de Londres, Boris Johnson, se propone no sólo emular, sino superar el récord de Oxford. Y su interés no es sólo ecológico. "En Londres contamos con un verdadero Everest de basura que está esperando a ser explotado como una mina de oro -asegura-. Por esto en 2020 nuestra ciudad reciclará, por lo menos, el 50 % de sus residuos y no enviará ni siquiera una pelusa a ser enterrada."

Johnson quiere que los londinenses empiecen a ver a su basura como un producto capaz de generar ingresos. Su recolección debe interpretarse como una "cosecha". El producto resultante se utilizará para la producción de energías renovables, cuyo valor económico ya se estima al equivalente de 140 millones de dólares.

En esto, Oxford también le ha ganado la carrera. La tradicional ciudad universitaria utiliza diversas técnicas, incluida la de "digestión anaeróbica", para convertir la basura en energía y en fertilizantes agropecuarios. El 10% de la electricidad de la ciudad proviene de sus desechos.

A Johnson le preocupa la imagen de la ciudad en vistas a los Juegos Olímpicos de 2012 y la gran amenaza parecen ser los chicles. Londres gasta unos US$ 20 millones anuales para removerlos de las veredas, por lo que el alcalde ha logrado convencer a las principales firmas manufactureras para que introduzcan en el mercado una variedad biodegradable.

Graciela Iglesias
Para LA NACION

Domingo 18 de julio de 2010

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