Uno finalmente termina creyendo la letra de esa canción de Bersuit Vergarabat que dice que los argentinos podemos ser lo mejor y lo peor, con la misma facilidad. Y parecería que, en la situación de viaje, nuestras cualidades y defectos o al menos el salto entre ambos se potencian aún más.
¿Cuántas veces nos ha pasado de estar de paseo por alguna ciudad del mundo y hacernos los distraídos cuando nos encontramos con otros argentinos en el mismo plan que nosotros? ¿Qué es lo que irrita tanto de escucharnos, de olfatear nuestros modos y reconocernos, a veces, en esa sobredosis de picardía criolla?
A diferencia de los turistas brasileños o colombianos -por ejemplo-, que estando de viaje se emocionan cuando se topan con sus compatriotas, los argentinos solemos ponernos incómodos cuando coincidimos en el tránsito. Como si el espejo devolviera una imagen que no nos gusta demasiado. O un reflejo que conocemos mucho y del que queremos escapar.
"Viajar sigue siendo un gesto de desesperación: rozar, por un momento o unos días, todas esas vidas que nunca podré. No hay nada más brutal, más cruel que entender que podría haber sido tantos otros", escribe Martín Caparrós en su último libro de viajes.
Tal vez una de las maravillas de viajar sea eso: el anonimato en una multitud de queridos desconocidos, la posibilidad de merodear todas esas vidas ajenas. Tomarse un trago en el bar de un hotel al que jamás regresaremos, hacer grandes amigos que duran una hora o dos. Y quizás es lo mismo que nos molesta cuando nos encontramos con otros argentinos, más allá de la pacatería de los que juegan a no reconocer su origen: sentirnos descubiertos en ese anonimato (¡piedra libre!, un argentino). Sabernos idénticos en nuestro modo de viajar, de batallar por un descuento ínfimo en una tienda de ropa, de hablar demasiado fuerte en un café o un museo, de llamar la atención a cada rato, de ser prepotentes con el tipo que hace el check in, como si en nuestro país las cosas funcionaran en serio. Lo mejor y lo peor, en un mismo envase, sin escalas: el gol de Diego a los ingleses y el gol con la mano, todo en el mismo partido.
Hace unas semanas, en un viaje a Puerto Rico, coincidí en el avión con un argentino llamado Maxx Guetta. Había partido a Miami antes de la crisis de 2001 y tuvo mil empleos. Ahora vive en esa ciudad, está haciendo una carrera notable como conductor de la cadena hispana de televisión Telemundo y viene de tener un hijo con su mujer brasileña.
Recuerdo muy bien esa charla de avión y lo que él me dijo: "Los argentinos tenemos un radar para reconocernos cuando estamos en tránsito. Es como un exceso de visibilidad, un abuso de presencia; no hay manera de que no llamemos la atención: tenemos que hacernos notar". La frase se interrumpió cuando la azafata le repitió por cuarta vez a un pasajero que apagara su celular. Maxx y yo nos miramos de reojo. Seguramente era uno de los nuestros.
Publicado por José Totah / 11 de julio de 2010 / 2.32 AM