La barrera idiomática y cultural es un desafío para los argentinos que trabajan en actividades relacionadas con el gigante asiático
Hoy, la presidenta Cristina Kirchner pisará suelo chino para firmar acuerdos comerciales e intentar destrabar el conflicto por las exportaciones de aceite de soja. Acceder al mercado del gigante asiático es sinónimo de abrir una puerta hacia grandes negocios y, con ellos, impulsar la generación de empleo.
En la actualidad, según datos de Deloitte, la Argentina, Chile y Brasil son los principales socios de China en la región. En los últimos cinco años, sus inversiones en América latina, superaron los 6000 millones de dólares. Cerca del 45% de esa suma fue para la Argentina, con la compra de la petrolera Bridas. De continuar con el crecimiento de los últimos años, en 2025 la economía china igualará en tamaño a la norteamericana.
Ante este escenario son muchos los argentinos que decidieron abandonar el castellano y las costumbres nacionales para entenderse en mandarín y empaparse de la cultural oriental.
La siderurgia y los productos químicos nacionales pisan fuerte en China. "También hay pequeños emprendimientos textiles como tapicería, y prevalecen las consultoras argentinas de negocios. Nexo entre argentinos y chinos, las consultoras han crecido justamente por la dificultad del idioma, las distancias y los altos costos para viajar", puntualiza Ernesto Fernández Taboada, director de la Cámara de la Producción, la Industria y el Comercio Argentino-China.
Adaptación
Pero la adaptación al trabajo no es sencilla. "Una cultura no es mejor que la otra, pero son distintas. Trabajar para una empresa china implica adaptarse. La sociedad es muy jerárquica y piramidal, y eso se da dentro de las organizaciones", apunta Fernández Taboada, que además, agrega, los orientales son introvertidos y hablan muy poco. "Parecen cortantes, pero son sus formas. También su manera de hablar es diferente. A veces parece que están peleando porque gritan, pero el idioma tiene cinco tonos diferentes", aclara.
El sentimiento de vergüenza es inadmisible para los chinos. La expresión lose face (perder la cara) se utiliza cuando alguien se siente humillado frente a otra persona.
"En una empresa cerealera argentina que opera en China, uno de los empleados de esa nacionalidad cometió un error en una operación. No era muy grave, pero un gerente argentino lo increpó delante de todos. El empleado no volvió a aparecer ni siquiera para retirar su sueldo. Es fundamental nunca hacerles pasar un mal momento en público. Si hay que decir algo, hay que hacerlo en forma privada", comenta.
Cuando se habla de proyectos laborales, los tiempos son importantes, y aquí tampoco coinciden los puntos de vista. "Para un argentino, el corto plazo es un mes; en cambio, para el chino es más de un año. La medición del tiempo es totalmente distinta. Ellos pueden esperar y no están ahorcados por el día a día como nosotros", señala.
Además de ir con una base de mandarín, Fernández Taboada sugiere a los argentinos trabajar con una cuota de humildad: "A los chinos los mata nuestra soberbia. Ellos, con humildad, en 60 años se transformaron en la segunda potencia del mundo y no van a sacar el pecho", dice.
Experiencias
Leonardo Vázquez hace cinco años que vive en Shanghai. Durante una década trabajó como gerente de compras de supermercados Coto y, por año, viajaba más de dos meses por Asia.
"Consideré que era una buena oportunidad para desarrollarme personal y profesionalmente. Por esa razón decidí instalarme en China y abrir mi compañía", explica.
Vázquez coincide con Fernández Taobada: la manera de trabajar es distinta porque el medio lo exige. "Son muy respetuosos de la autoridad y jamás la cuestionan. Ningún empleado se va a su casa antes de que su jefe lo haga, aun cuando el horario de trabajo haya terminado hace rato", explica.
Otra costumbre que afecta el día a día laboral son los horarios del almuerzo. "A las 12, ni un minuto más ni uno menos. Es un hábito imposible de cambiar", sostiene.
Para Vázquez y su familia, lo más difícil fue comenzar de cero en un país totalmente distinto. Pero lo más complicado, sin duda, les tocó a su mujer, Cecilia, y a su hija, Catalina, que en ese momento tenía ocho meses. "Cosas que parecen comunes en nuestro país, como tomar un taxi, son una misión imposible en China", enfatiza.
Roberto Cox y Enrique Bechis, en plena crisis argentina de 2001, decidieron apostar al mercado asiático. "Estábamos seguros de que China se convertiría en uno de los actores principales en el mundo moderno y había que estar allí", comenta Cox. Y así fue. Bechis se fue a vivir a Shanghai y Cox quedó en Buenos Aires.
"La compañía comenzó a buscar variedad de proveedores chinos de productos semiterminados y terminados. Desde bicicletas hasta máquinas de carpintería", agrega Cox, titular de Suárez y Menéndez, representantes de la consultora Moore Stephens en el país.
Pero la firma se extendió, y comenzó a colocar productos nacionales en el gigante asiático. En la actualidad, Bechis tiene a su cargo 20 empleados asiáticos.
"Una de las ventajas es que si uno logra hacer negocios allá se abre una puerta enorme y es una relación de gran confianza", sentencia.