Tú no sabes ni una puta mierda, me dijo el hombre de suéter celeste.
JOHANNESBURGO.- "Tú no sabes ni una puta mierda", me dijo el hombre de suéter celeste. Al estar de espalda, no pude verle la cara. Sus compañeros de mesa le festejaron la ocurrencia a carcajadas. En un café del Mandela Center en Sandton, había visto a Hristo Stoichkov y quería expresarle mi eterno agradecimiento por aquellos años de Barcelona. Al escuchar esas palabras, el zurdo búlgaro me miró con cara de "este tío es así, tómalo o déjalo".
¡Qué equipo ese del Barça! Lo llamaban el Dream Team, como a la selección estadounidense de básquetol campeona olímpica en 1992. Ganó cuatro ligas consecutivas y la Copa de Europa en el ´92. Además de su notable éxito, dejó una huella por su estilo, su relación con la pelota, el aprovechamiento integral de la cancha gracias a los extremos y el sometimiento a los rivales con el toque y el engaño. Tácticamente, jugaba con un 3-4-3. Entre otros, recordemos a Ronald Koeman, Michael Laudrup y sus pases mirando al otro lado, Bakero, Beguiristain y, de pie señores, a Romario, quien marcó 30 goles en su única temporada (93-94).
También se nutrió de la cantera. Desde La Masía, fueron apareciendo Amor, Ferrer, De la Peña, Celades y un tal Guardiola. Pep fue punto fijo desde 1991 en la estratégica posición del "4", el mediocampista central, el vértice retrasado del rombo en esa zona del campo. Desde ese lugar, mamó el "cruyffismo" y, con sus propias ideas, volcó todo ese conocimiento en la actual versión de Barcelona, encaminada en superar a la que vivió como futbolista. El Dream Team fue la primera semilla, la primera gran influencia en el cambio de estilo de la selección española, que hoy juega como el Barça de Pep con seis titulares surgidos de su fábrica. Con ese equipazo que ya está en la historia, Johan Cruyff se convirtió en un personaje especialísimo para este juego. Maradona, Pelé y Di Stéfano fijaron su propia época y son leyenda por lo que hicieron dentro de la cancha. Cruyff también tuvo su era como jugador pero, a diferencia de los otros próceres, extendió su legado al fútbol también desde la dirección técnica. Entre 1964 y 1984, hizo su contribución sobre el verde césped a pura gambeta en velocidad y, sobre todo, ese freno para hacer pasar de largo a los rivales: Ajax campeón de todo en los setentas, la Naranja Mecánica, Barcelona y su regreso al fútbol holandés para ganar títulos con Ajax y Feyenoord, donde se retiró a los 37 años con Liga y Copa. Hasta creó el penal indirecto: en lugar de patear, se la pasó a un compañero (Jesper Olsen), quien se la devolvió para hacer un gol divino. Está en YouTube.
Definitivamente, puso a su país en el mapa del fútbol. Sembró el tulipán de los Gullit, Van Basten, Rijkaard, Kluivert, Bergkamp, Sneijder y Robben. Junto a mis amigos Miguel Simón y Ruso Verea, y la ayuda del Flaco Menotti, nos dimos el lujo de hacerle un reportaje radial en Siga Siga , allá por el año 2000. Todos sus libros enseñan fútbol. Recomiendo "Ajax, Barcelona, Cruyff, el ABC del obstinado maestro". Su primera revolución, la del futbolista, nos lleva a Holanda. La segunda, la del entrenador, desemboca en España. Cuando se dio vuelta y le vi la cara, entendí todo. Johan Cruyff, el hombre del suéter celeste, tiene la final de Sudáfrica a su nombre y toda la razón.
Por Juan Pablo Varsky
Para LA NACION
jpvarsky@lanacion.com.ar