Un viaje a la antigua Unión Soviética, de las playas del Mar Negro a las calles de San Petersburgo. Los poetas, el admirable patrimonio artístico del Hermitage y la espectacular arquitectura imperial.
Juan José Manauta es escritor. Se reedita su primera novela "Las tierras blancas", con distribución en los principales quioscos.
Ya se habían traducido algunos de mis libros al ruso y al rumano, cuando aterricé en lo que por entonces era la Unión Soviética. Una época en la que nadie se imaginaba que aquel sistema habría de colapsar. Llegué invitado por la Juventud Comunista y me recibió el gran poeta Eugenio Ievtuschenko, quien sabía español. Ante la dificultad del idioma tuve la compañía de un traductor.
Me llevaron a las playas del sur en el Mar Negro, y a la ciudad de Rostov donde desemboca el Don y se levanta un antiguo palacio de la Duma, o gobierno local. Se comía caviar como algo cotidiano, desde el desayuno. De allá traje un refrán con sentido dietético según el cual hay que tomar el desayuno, pero saltear si se puede, el almuerzo, y obsequiar al enemigo con la cena. En cualquier barra de un bar encontraba pan, manteca y caviar de distintas calidades. Regado con vodka, por supuesto. Tanto, que me hacía extrañar nuestro vino. Ellos, por su parte, recordaban mucho a Pablo Neruda, como a Raúl González Tuñón y a José Portogalo. En una reunión hablé de mi natal Gualeguay, donde mi padre me había regalado una petisa -en vez de una bicicleta-, y con ese animal escapaba al río. De repente, en aquel apartado koljós de apacibles campesinos, uno de ellos pegó un salto en cuanto tradujeron mis palabras, y salió disparado a ponerse su uniforme de cosaco para montar en un caballo, al que subía y desmotaba a la carrera. Una y otra vez se lo veía cómo disfrutaba ofreciéndome esas arriesgadas piruetas. En esa región tienen una segunda naturaleza, emparentada con nuestros gauchos entrerrianos.
También fui al Norte, a visitar San Petersburgo, la ex Leningrado, donde los bolcheviques protagonizaron la revolución de Octubre contra el Zar de todas las Rusias, como se le decía entonces, y que queda a unos 600 km de Moscú. Me impresionó como una de las ciudades más bellas que habría de conocer. Admiré innumerables monumentos y edificios con esmerado cuidado arquitectónico. Una de las curiosidades resultó ser la estatua de Catalina la Grande, rodeada de súbditos, entre los que figuraban generales y aristócratas. En fin, algunos de sus reconocibles amantes. Y aquella avenida Alejandro Nievsky, extensa e inolvidable que atraviesa la ciudad y es de sobrecogedora belleza. El Palacio de Invierno es el área principal de los fastuosos seis edificios del período imperial, para el lujo del trono, la nobleza y la servidumbre. Este conjunto, denominado el Hermitage, alberga obras de Leonardo, Velázquez, Matisse y Picasso y los tesoros arqueológicos encontrados por Schliemann en Troya. Semejante construcción barroca y rococó estucada en oro, con paredes verdes y otras blancas guarda también el enigmático óleo "La vuelta del hijo pródigo", de Rembrandt, entre millones de piezas de arte de infinidad de formas y tamaños.
Por sobre todo, lo que más me sedujo de aquel viaje fue conocer a un pueblo con una alegría expansiva, que lo llevaba a cantar y bailar en cualquier momento. Sentí que era un aspecto sobresaliente de su forma de ser eslava. Así me imagino que continuarán con su alegre talante, aunque la ciudad haya dejado atrás la utopía de mi juventud para retomar el nombre de San Petersburgo, y continuar siendo la joya más europea de las ciudades rusas.