MONTEVIDEO.- El pronóstico fue certero: lluvias intensas que se cumplieron al pie de la letra y la esperada segunda jornada del tradicional Desfile de Llamadas se postergó para el día siguiente.
No era un desfile más, la gran fiesta del candombe uruguayo se guardaba un capítulo emotivo. Esta fue la última vez que el artista Carlos Páez Vilaró, tan vinculado con la cultura afro, participó de un Carnaval, según sus propias palabras.
"Creo que para todos los momentos existe un fin de ciclo. Me siento casi sin fuerzas para caminar y acompañar a los más jóvenes. A mi edad pienso que estoy ocupando un cuerpo que no es mío, que a veces no responde como yo quiero y se me hace dura la cosa. Por eso llegó el momento de darle un poco de descanso a este físico que ha estado presente en tantos carnavales", comentó minutos antes de salir en la comparsa C 1080.
Páez Vilaró es de los históricos. Tiene 86 años y hace 60 que participa de las Llamadas, desde que llegó al viejo conventillo Mediomundo en la calle Cuareim 1080 (de ahí el nombre de la comparsa, hoy calle Zelmar Michelini), cuna del candombe que fue demolido por los militares.
La despedida probablemente no haya sido casual. Qué mejor que retirarse con una victoria: el candombe fue declarado Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad por la Unesco el mismo día que el tango, mucho más difundido de nuestro lado del Río de la Plata.
El candombe es auténticamente uruguayo. Las Llamadas se remontan a la época de la Colonia, cuando los negros descendientes de esclavos llamaban con el repiqueteo de los tamboriles a la gran fiesta.
Actualmente la población negra y mestiza es del 7% en Uruguay, pero el candombe se extendió. Los lubolos son los blancos que se pintan la cara y se suman a las comparsas.
Cada agrupación en las Llamadas congrega a 150 participantes, aproximadamente, que bailan al ritmo de las cuerdas de tambores. Desde chicos, como Luis Alvarez, que con 9 años, un peinado lleno de gomitas que contienen los rulos y mirada pícara, forma parte de la C 1080.
Viene de familia, el padre toca uno de los tamboriles y la madre fue vedette de la comparsa hace unos años. "Toda la vida escuché candombe y ahora estoy orgullosa de que Luis forme parte de la comparsa, es lo mejor", cuenta Lorena, la madre.
Otro histórico, Waldemar Silva, más conocido como Cachila, es el cacique de C 1080. Nació en el conventillo Mediomundo y asegura que no podría vivir sin el candombe.
También hay muchos blancos que se suman y hasta referentes murgueros, como Marcel Keroglian que se pasan a las agrupaciones de lubolos después de más de 20 años en murgas: "Me llamaron para escribir canciones, pero cuando me vi parado en el barrio Sur, me enamoré y me quedé". Pero a pesar de estar en la comparsa todavía no se siente candombero: "Candombero es el que sale durante todo el año por la calle con el bombo".
El desfile tiene su punto fuerte en Isla de Flores, donde todos los años se arma el palco oficial. Y nadie se lo quiere perder. Se venden entradas de entre 6 y 8 dólares, pero los que más se cotizan son los balcones, que con una picada y una cerveza ascienden a 35 dólares, muy buscados por los extranjeros.
Este año el desfile ya es historia, pero se puede ver las presentaciones de las comparsas en el Teatro de Verano hasta marzo, en la segunda ronda y liguilla final, donde se elige la mejor.
El tronar de los tambores no cesa nunca..., sigue una y otra vez repiqueteando en el corazón de cada uno de los presentes de ese megadesfile callejero por Sur y Palermo que convoca cada año a 70.000 almas.