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Relaciones fugaces, a 10.000 metros

Hace un tiempo, un compañero de trabajo me contó que cuando iba a la cancha los domingos hacía amigos que sólo le duraban 90 minutos. Cuando alguien hace un gol te terminás abrazando con esa persona y no la volvés a cruzar en tu vida. Son los amigos de cancha, era su tipificación para estas relaciones fugaces.

Relaciones fugaces, a 10.000 metrosEsa pequeña intimidad que se genera en ciertos ámbitos con los extraños se da con frecuencia en los aviones. Uno pasa dos, cuatro o doce horas con un compañero de butaca que comparte nuestros mismos rituales y necesidades: alimentarse, ir al baño, dormir y estirar las piernas de tanto en tanto por el pasillo. Hermanados por el tránsito y la sensación irreal de estar a 10.000 metros sin hacerse demasiadas preguntas, los amigos del avión son bastante parecidos a los amigos de la cancha aunque, salvo excepciones, uno no anda a los abrazos.

En particular recuerdo tres compañeros de asiento muy especiales. El primero, en un vuelo de Buenos Aires a Miami; se llamaba Bill, parecía un globetrotter excedido de peso y no hablaba una palabra en español. Después de unas horas de silencio mutuo se presentó, a la hora de la comida, jurando que era el tercer vocalista suplente de la banda disco de los años 80 Kool & The Gang. Me juró que en 1981 había reemplazado al mismísimo cantante en un show en Carolina del Norte y que había ganado muchísimo dinero, pero por algún motivo no le creí demasiado.

Como notó mi desconfianza se apuró en demostrar que no era un chanta y cantó muy fuerte el estribillo de Ladie´s Night, uno de los hits del grupo. Quizás un poco avergonzados por la mirada del resto de los pasajeros, terminamos el almuerzo sin decir una palabra, salvo cuando me pidió que le regalara la manteca.

En las buenas y en las malas
El segundo desconocido entrañable fue una mujer de unos 35 años que tenía terror a volar, en un trayecto de Buenos Aires a Santiago, Chile. Se persignaba, lloraba y susurraba rezos indescifrables en varios idiomas, prendida a la mano del marido, un grandulón malhumorado y también blanco de miedo. Para calmarla, le pedí que me tomara la mano y le juré que todo iba a estar bien, que sólo era una turbulencia, que ya iba a pasar.

Sin embargo, mi acto de caridad fue malinterpretado por el grandote, que me empezó a insultar y casi inicia una escena de pugilato a bordo, lo cual generó una crisis de nervios aún mayor en la mujer (y también en mí, que en esos casos soy un pacifista empedernido). La bronca se diluyó al dejar atrás la turbulencia y nos quedamos charlando el resto del viaje como amigos de toda la vida, con la falsa promesa de escribirnos por mail cuando llegáramos a destino. A partir de ese día decidí no hacer obras de caridad cuando el avión se mueve más de la cuenta.

El último compinche fue un ejecutivo que conocí en un viaje de Buenos Aires a Barcelona. En realidad no puedo decir que lo conocí realmente, porque el tipo se durmió en el despegue y abrió los ojos después de aterrizar, salteándose comidas y películas. Cuando llegamos a Barcelona y el avión se detuvo, el hombre se seguía debatiendo en un sueño espeso inducido por demasiadas pastillas. Sólo después de zamarrearlo durante un buen rato, se despertó sobresaltado y preguntó: "¿Quién soy?" Casi por reflejo, le respondí: "Si usted no sabe...", y nos tentamos de risa.

Se mostró muy agradecido por haberlo despertado y se ofreció a llevarme en su auto hasta el centro de la ciudad, donde nos terminamos tomando una cerveza bien fría y viendo un partido malísimo de la liga española que pasaban por la tele.

Quizás aunque sean encuentros de una sola vez, la gente que uno conoce durante el tránsito deje un recuerdo mucho más intenso de lo que se piensa. Todas esas voces y caras borrosas que el viaje despoja de identidad sedimentan en algún lugar de la memoria. En el avión, como en tantos otros no lugares -así denominaba el antropólogo francés Marc Augé estas instituciones del tránsito- el azar nos destina un compañero de asiento. Y, aunque no vayamos a abrazarlo como en la cancha, puede ser interesante escuchar la historia que este perfecto extraño tiene para contar.

Publicado por José Totah / 16 de agosto / 02.36 AM

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