En mi último viaje al sur de Francia fui decidida a seguir los pasos del pintor impresionista Cézanne y a recorrer a fondo su ciudad natal. La región es conocida como La Provençe o el Mediodía Francés, debido al sol que brilla durante el año. Y es este sol el que derrama infinidad de colores en los típicos paisajes, fuente de inspiración de pintores célebres como Paul Cézanne, nacido en la ciudad de Aix-en-Provence, en 1839.
Su clima, sus festivales de música, sus bulliciosos mercados de especies y flores, hacen que todo el año las calles empedradas estén colmadas de turistas y jóvenes estudiantes de todo el mundo y concurran a su prestigiosa Universidad del siglo XIV.
El Cours Mirabeau, arteria principal de la ciudad, es una avenida ancha sombreada por añosos plátanos. Sus cafés, librerías y bistros hacen que el viajero no se resigne a dejar la ciudad sin recorrerla, provisto de un buen mapa para internarse en sus laberínticas calles.
Aix significa, en latín, agua, La Ciudad del Agua. Y es así que la decoran múltiples fuentes. Para citar una famosa, la Fuente Cálida o Fontaine Chaude, alimentada por un curso de agua subterránea que siempre está a 34°C, o la Fuente de la Rotonda, decorada en su parte superior por tres esculturas, una representa a la Justicia mirando a la ciudad, otra a la agricultura, a Marsella, y otra a las bellas artes, que mira a Avignon.
Al emprender mi recorrido artístico me propuse ir a los lugares donde Cézanne se inspiró para pintar sus obras. Mientras estudiaba pintura en París, les decía a sus amigos de su tierra natal: Viva el sol que hace la vida tan hermosa, y regresó una y otra vez, después de que sus obras fueran rechazadas en París. Durante cuatro décadas pintó en la casa Jas de Bouffan, residencia veraniega de sus padres. Descubrí esta mansión en medio de una sinfonía otoñal de árboles ocres y toda la gama del amarillo. Fue en estos jardines donde Cézanne pintó sus célebres castaños y fuentes.
El resto de su vida residió en su pequeño atelier donde hoy se aprecian objetos personales del pintor: sombrero, pipa, atril y frutas de cera que pintó en sus naturalezas muertas. La montaña Santa Victoria fue su tema preferido, la reprodujo en lienzos y acuarelas. Es inmensa la emoción que se siente al visitar el Museo Granier, en pleno centro de la ciudad, y ver la paleta del artista, celosamente guardada en una urna de cristal, con restos de acuarelas. El broche de oro fue la visita a la residencia de sus padres, donde además de admirar cada rincón, cada árbol que pintó el artista, asistí a una proyección de sus murales en el living de la casa. Sentados en medio de la oscuridad, de pronto, ante nuestros ojos asombrados, comenzaron a desfilar en forma envolvente los murales del pintor, entre otros, el famoso Las bañistas. Cuando cesó esta exhibición, cada mural ocupó en la pared descascarada su lugar original.