Por estos días, la mexicana Cancún es lo más parecido que se haya visto a nuestra inigualable Bariloche fuera de temporada alta. La comparación no tiene que ver con la geografía ni con la arquitectura, ni siquiera con una cuestión de intercambio cultural entre ambas ciudades o con una feria de turismo. No. Se relaciona pura y exclusivamente con sus visitantes, ya que desde hace dos semanas y por dos semanas más, aproximadamente, son los adolescentes los dueños del lugar. Y un detalle más: no se trata de chicos locales ni de otras ciudades aztecas -aunque los hay-, sino que hablamos de teeangers norteamericanos que llegan aquí como en una invasión.
El fenómeno obedece a algo que en nuestro país conocemos bien: los viajes de egresados, esos que para muchos visitantes, residentes y hasta operadores turísticos de la ciudad rionegrina significan molestias, problemas y demás dolores de cabeza. Para más datos, durante la segunda quincena de junio y la primera de julio los estudiantes del último año de la escuela secundaria norteamericana realizan sus graduation weeks o gradweeks, como se llaman comúnmente. Y Cancún es uno de los destinos favoritos, especialmente para los de los estados del Sur.
Estas gradweeks tienen las mismas características de ritual que nuestros viajes de egresados, pero guardan sutiles diferencias con respecto a las argentinas: se ofrece la estada en hoteles cuatro o cinco estrellas, pensión completa, y algunos hasta con modalidad all inclusive cuentan con servicios y medios de transporte excelentes, así como todo (o casi) programado al detalle.
Claro que hoy por hoy, y ante la merma de visitantes, estos graduados sobresalen más de lo habitual porque constituyen la mayoría del turismo que llega a estas playas. Siempre en grupos de 5 a 40, los chicos se mueven por las calles y playas de la joya yucateca en busca de diversión. De día, ocupan una de las varias piscinas que suelen tener los hoteles o un sector específico de las playas (aunque no es un lugar que les atraiga demasiado), o recorren sitios arqueológicos o parques temáticos; de noche, pasan de bar en bar y de disco en disco en una especie de maratón que comienza a eso de las 21 y termina? cuando termina.
Las razones de la invasión son varias: Cancún no sólo tiene un clima ideal, muy buenas playas y excelente infraestructura, sino que, de la mano de una legislación distinta y más laxa, los chicos norteamericanos encuentran en esta ciudad una especie de paraíso temporal, donde pueden hacer todo lo que en su país tienen prohibido: desde comprar alcohol y cigarrillos en cualquier drugstore hasta entrar en las disco y bares sin más requerimientos que pagar su entrada (cuestan entre 20 y 30 dólares y dan barra libre).
Y pese a esa similitud con nuestra Bariloche, hay una enorme diferencia: si bien los chicos gozan de una libertad casi absoluta (no están acompañados por mayores o si lo están, no se los ve), no se registran peleas, desmanes, disturbios ni nada que moleste a los demás turistas o que genere la intervención de la policía. Tienen la misma edad, pero, evidentemente, distintas formaciones. Y eso, duele admitirlo, da un poco de envidia.
Publicado por Diego Cúneo / 28 de junio 2009 / 1.15 AM