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La caja de pandora
Obras de Marcelo Bonevardi que nunca se habían exhibido en Buenos Aires pueden verse en la galería Maman.
Para imaginar el futuro, las novelas, al menos, deben hacerlo en tiempo pasado. Quien apunta esto es David Lodge en El arte de la ficción y con su explicación disuelve la superficial paradoja: para entrar a ese mundo de construcciones, para orientarnos en las vidas imaginarias de los personajes, hay que crear un tiempo y un espacio y los verbos en futuro lo hacen imposible. Cualquier cosa que sea narrada, el pretérito es el tiempo natural de la narración, debe haber ocurrido. Esta observación es eminentemente literaria.
O lo era, hasta que inauguró la muestra Espejos del enigma de Marcelo Bonevardi (1929-1994) en la galería Daniel Maman. La obligación del uso del pretérito para contar su obra descansa sobre varias imposiciones. Por un lado, su muerte en Córdoba en 1994 cierra su producción y, por otro, las piezas que se están exhibiendo corresponden al período comprendido por la década del 80. Este último dato ubica su quehacer artístico en la ciudad de Nueva York, donde residió desde 1958, después haber estado en Italia en 1951, hasta 1991, cuando vino para quedarse en la Argentina. Sin embargo, no sólo por eso el uso del pasado se hace indispensable. Al igual que la ciencia ficción, los cuadros objetos de este artista arquitecto, ganador en dos oportunidades de la Beca Guggenheim, dialogan con el porvenir. Es por eso que para hablar de ellos, para describir el futuro que sus piezas construyen, hay que buscarles el pasado.
En el caso de Bonevardi, y en especial de las obras que podemos ver colgadas por primera vez en Buenos Aires, salir de la superficie plana de la pared y ganar la tercera dimensión no se explica solamente por su impronta arquitectónica. Por supuesto que las molduras y la idea de constructo que organiza sus obras son deudoras de la carrera a la que el artista ingresó en la Universidad de Córdoba en 1948. Pero parece ser que hay algo más en el modo en que este artista le usurpa el espacio a la escultura, sin perder sus ganas de pintar. El volumen de las obras de Bonevardi aparece menos para avanzar sobre la tercera dimensión que para contener. Estas construcciones se parecen más a cajas ortogonales donde guardar las muchas y diversas series desde las cuales se puede mirar la obra: su relación con el universalismo constructivo, que le viene de Torres García pero también con las modulaciones en el espacio de De Chirico, su referente renacentista; el manejo del color con resabios de la pintura ritual, las guardas y el uso de pigmentos naturales que diseñan su visión de las culturas precolombinas y el arte africano y la fascinación por los volúmenes, como conos, esferas y pirámides, escondidos en cada obra que la vinculan con la geometría espacial, a modo de sinécdoque. En la versión que esta figura retórica permite para expresar el género por la especie, para lograr la pretendida pars pro toto .
Esta multitud, delicada pero inquietante, metafísica pero de experiencia vital, que albergan estas piezas trabajadas en madera, tela, arpillera y pintura, se parecen bastante a una caja de Pandora. Justamente en el sentido que le dio el Renacimiento al mito griego, cuando cambió el ánfora por la caja y propuso que fuera ésta la que contenía todos los males del mundo. Adentro, se sabe, queda la Esperanza, única virtud de su contenido que no fuera liberada. Esperando que salga, estamos los hombres para mitigar los males del mundo. Contemplando a Bonevardi, se intuye que esta espera tiene futuro.
Por Laura Isola
Para LA NACION
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