El emblema histórico de Texas es la mayor atracción turística de la ciudad de los Spurs, que también se destaca por su movida artística, paseos y ambiente cosmopolita
SAN ANTONIO.- Los más desprevenidos podrían confundirla con la bandera chilena, que es prácticamente idéntica: roja, blanca y azul, con una única estrella blanca en la esquina. Pero lo que flamea en cualquier edificio, institución o rancho de Texas es justamente la bandera de este estado norteamericano, también llamado Lone Star State por aquello de la estrellita solitaria.
Estrellita que en todo caso es un atisbo al espíritu rebelde y orgulloso de Texas, que entre 1836 y 1845 fue una república independiente y cuya Constitución, hasta el día de hoy, tiene una cláusula de salida de la Unión. Incluso el lema Don´t mess with Texas , que hace 20 años surgió como parte de una campaña contra la basura ( No ensucie Texas , sería la traducción, aunque una segunda lectura es No te metas con Texas ), se hizo tan popular que hoy puede leerse en patentes, gorros, tazas o cuanta chuchería se le ocurra.
Dicen que todo empezó en San Antonio. En la ciudad de los Spurs y de Manu Ginóbili, de las bases militares y las instituciones médicas, se conserva uno de los mejores testimonios de la accidentada historia de este enorme territorio (el segundo estado más grande de Estados Unidos, después de Alaska). El Alamo, de él se trata, es visitado por más de tres millones de personas al año, y la célebre batalla que se libró tras sus muros ha sido reproducida hasta el cansancio en libros, películas y musicales. Sucedió en 1836, cuando 187 secesionistas texanos se atrincheraron en la antigua misión española, donde resistieron el asedio de las tropas mexicanas durante 12 días. Finalmente fueron abatidos, aunque apenas unas semanas después, y al grito de ¡Recuerden El Alamo! (según la leyenda, claro), el coronel Sam Houston derrotó a los mexicanos y Texas proclamó su independencia.
De los mártires de aquella gesta quedan escopetas, un reloj de bolsillo, algún chaleco raído y no mucho más (aparte de un muro en el que se grabaron los nombres de los 187 héroes).
Muchos de los que llegan hasta aquí, de hecho, quedan un poco decepcionados por el tamaño mini de la antigua capilla y fortaleza, hoy convertida en museo.
Los que quieran indagar un poco más en ese pasado deben darse una vuelta por el Parque Nacional Misiones de San Antonio, en las afueras de la ciudad. Allí se conservan, en perfecto estado, las que fueron las cuatro principales misiones de la región: Concepción, San Juan de Capistrano, San Francisco de la Espada y San José, fundadas en el año 1700 por franciscanos y jesuitas, cuando Texas y California pertenecían a la corona española.
Aunque San Antonio está entre las siete ciudades más grandes de Estados Unidos, todavía conserva ese aire provinciano que la hace un lugar ideal para recorrer, descansar con una frozen margarita en mano o sentarse en un bar a escuchar música tex-mex. Algunos de sus imperdibles son:
El Riverwalk o Paseo del Río es un oasis que atraviesa el corazón de la ciudad. Lo que al inicio fue un proyecto para paliar las inundaciones se convirtió finalmente en un gigantesco paseo natural a cielo abierto que sigue extendiéndose: de sus 3 km originales pasará a tener 20, cuando en 2014 llegue al complejo de misiones jesuitas.
Construido un piso por debajo del nivel de la calle tiene senderos de piedra que bordean ambas márgenes del río San Antonio, bajo la sombra de robles, sauces y cipreses. En algunos tramos el recorrido es un verdadero remanso de paz, pero en otros puede convertirse en un hacinamiento de turistas, bares, tiendas, hoteles, gente haciendo jogging y mariachis entonando las mañanitas .
Aunque la influencia latina se destaca sobre la impronta sureña -más de las dos terceras partes de la población es de origen mexicano-, en San Antonio también son fuertes las raíces de la inmigración alemana de mediados del siglo XIX. El distrito histórico de King William es el que mejor refleja la herencia germana, aunque sus mansiones juegan con estilos arquitectónicos tan eclécticos como el neoclásico, el victoriano o el del segundo imperio francés.
A la vera del río está la Guenther House, construcción de 1860 que se alza al lado del que fue el primer molino de harina del estado, el Pioneer Flour Mills. Un programa para tener en cuenta es el desayuno en el comedor art nouveau de la casa (otro recomendable: los waffles con crema).
El Museo de Arte de San Antonio se inauguró en 1981 en la histórica fábrica de cerveza Lone Star Brewing Company, y todavía conserva arcadas y paredes de ladrillo de la estructura original. Tiene una destacada colección de antigüedades clásicas, egipcias y asiáticas, además de una impresionante sección dedicada al arte precolombino y latinoamericano (con obras de Diego Rivera, Frida Kahlo, Fernando Botero o el brasileño Vik Muniz, entre otros).
La zona histórica de La Villita es en realidad una cuadra de edificios restaurados donde proliferan las galerías de arte, tiendas de ropa de autor, los estudios de diseño y negocios de artesanías. Mejor mirar qué comprar, ya que los precios no son necesariamente los más económicos de la ciudad.
Una alternativa menos turística es visitar la zona sur de la ciudad, más exactamente el barrio de Southtown, donde el primer viernes de cada mes los artistas exponen sus obras en las calles, las galerías abren sus puertas hasta tarde y hay música en vivo en cada esquina.
Con sus piñatas, guirnaldas, flores y colores estridentes, Mi Tierra parece más un salón de fiestas infantiles que un restaurante abierto las 24 horas. Este animado local es un clásico de Market Square (una galería de tiendas que imita un mercado mexicano), donde se sirve comida mexicana a muy buenos precios (huevos con panceta, US$ 1,95; frijoles con queso, 1,75; lengua de res, 2,09 dólares).
El AT&T Center, en el margen nordeste de la ciudad, no es sólo un estadio donde se disputan partidos de hockey sobre hielo o rodeos. Es sobre todo el lugar para ver a los Spurs, ídolos indiscutidos de San Antonio. Vale la pena presenciar un partido de básquet y ver delirar a los fanáticos del equipo de Manu Ginóbili, que a estas alturas es un sanantonino más.