Por primera vez, mis pies iniciaban su exploración sobre el tan ansiado y soñado suelo africano. A paso lento avanzaba, sintiendo cómo cada surco del adoquinado pavimento se acomodaba a mi andar. Marruecos siempre me llamó la atención, atracción que estaba dada por la fusión de tradiciones africanas, árabes y europeas que hace que sus tierras sean únicas y asombrosas. Contemplé en silencio cómo predominaba Tánger en ese cielo teñido de un celeste intenso, ciudad enclavada en el extremo norte del país. Durante miles de años, codiciada por su posición estratégica, su puerto se convirtió en uno de los más disputados del Mediterráneo. Tenía ante mis ojos la puerta a un nuevo mundo.
Con un español muy fluido se arrimó Abdul, personaje curtido por los diferentes idiomas que con asiduidad desembarcan en su puerto, ofreciendo hospedaje. Sin darle una respuesta afirmativa se sumó a mi paso. No había forma de que su presencia se desvaneciera. Fiel a su puesto de guía oficial insistía con la Pensión Victoria. Poco a poco fui formando parte de la rutina de la ciudad. Al notar mis rasgos diferentes, más guías vinieron a mi encuentro. Abdul, como un ángel guardián, los espantaba, protegiéndome, según él, de las malas influencias. Pude apreciar en su rostro sus buenas intenciones, fue entonces que decidí hacer de él mi anfitrión en la ciudad de Tánger.
De su mano recorrí rincones que solo nunca hubiese conocido. Mis retinas eran invadidas por imágenes que jamás habían procesado. Una tensa exaltación recorría mi cuerpo.
El recorrido finalizó con un almuerzo y el reclamo inesperado de sus honorarios, los cuales ascendían a 10 euros. Lo miré sorprendido. A regañadientes pagué sólo el 20% de su reclamo, argumentando mi involuntaria aceptación por su guiada. A partir de ese momento decidí seguir el recorrido de la Medina por mi cuenta.
Son los cascos viejos de las ciudades que llevan la denominación de Medina, rebosantes de casas desgastadas, apiladas una al lado de la otra formando laberínticas y estrechas callejuelas, habitadas por transeúntes en todas sus direcciones. Una atmósfera diferente y acogedora.
Notaba que era observado por cada una de las personas con las que me topaba, como un indiscreto personaje perdido en un manantial de árabes. Algunos con extrañeza, otros de manera reticente. Sin importar el motivo me convertía, por unos segundos, en su centro de atención.
Cayó la noche, la primera de una odisea que no olvidaría nunca. Desde la terraza de un café, mientras saboreaba un exquisito té a la menta, contemplaba la rutina, no rutinaria para mí, de los individuos que merodeaban por los callejones, sin que ellos pudieran notar mi presencia, dejándome atrapar por sus historias. La costa europea empezaba a encender sus luces, mientras del otro lado del estrecho de Gibraltar disfrutaba de este nuevo rumbo incierto.