Cómo armar un botiquín de emergencia para sobrevivir en traslados largos
El consabido ¿cuánto falta para llegar? aparece antes de que hayamos doblado la primera esquina y entonces recordamos que hasta el viaje más soñado con niños deberá pasar primero la ardua prueba del viaje en sí mismo, es decir, el traslado.
Existen niños que mantienen una concentración asombrosa en la lectura, la contemplación del paisaje o que, entre canturreos, juegos y charlas, pueden mantenerse en sus asientos por horas. Los hay, pero jamás me han tocado en suerte como compañeros de ruta.
Las experiencias recogidas demuestran, en cambio, que la paciencia no se cuenta entre las muchas virtudes con que somos dotados los seres humanos desde nuestra tierna infancia.
Así que a la edad de la sillita para auto habrá que liberarlos del cepo cada hora, hora y media, antes de que la protesta devenga escándalo. Un poco más grandes, el intervalo de las comidas será un recreo salvador que, además, tal vez evite episodios de mareos y vómitos. La electrónica los atrapará entre sus cables en cuanto tengan uso de su lógica digital. Si son muchos chicos habrá litigios y treguas constantes en las fronteras difusas del estrecho territorio del auto.
Se acumulará una larga jurisprudencia en desafíos lúdicos del tipo de qué color será el próximo auto que crucemos hasta animales/nombres que empiecen con a, b, c, d, e, f? ¡Stop! Y habrá música. Desde la siempre vigente María Elena Walsh pasando por todos los ruidos y ruiditos intermedios. Cuando los viajes reúnen a varias edades es difícil la unanimidad de gustos, casi imposible mientras la industria siga produciendo una saga de voces adolescentes pasteurizadas.
Los esfuerzos por mantener la paz durante el recorrido se multiplican cuando éste se realiza en un transporte público, ómnibus, tren o avión. Habrá que ir armado con una batería de artilugios a los que echar mano una vez que el niño haya terminado de investigar cada uno de los botoncitos que tiene a su alcance, y de probar la resistencia y tolerancia al impacto del asiento de adelante.
Está claro que no hay oferta estándar de entretenimiento de a bordo capaz de cubrir la demanda de atención de un niño durante un viaje largo. Los consejos recogidos en el mundo real y en el virtual recuerdan simplezas como prever una agenda de actividades ajetreadas para las horas previas al viaje, ya que los chicos (y grandes) nunca se portan mejor que cuando duermen. También que no es necesario embarcar primero; al contrario, hay que tratar de subir al transporte justo antes de que parta. Además, algunas ideas para incluir en el arsenal de mano contra el aburrimiento:
-Un clásico: libros. Algunos conocidos, mejor alguno nuevo.
-Jueguitos electrónicos silenciosos o con audífonos. Que no se entretengan con películas, TV o juegos por más de dos horas, para evitar que se agoten de ese recurso.
-Un bloc en blanco para dibujar o escribir un diario de viaje.
-Lápices o crayones, no marcadores.
-Esconder durante un tiempo algunos de sus juguetes y ofrecérselos durante el viaje, de uno en uno. También conviene llevar al menos uno nuevo, que retenga su interés durante más tiempo por la novedad.
-Juegos de encastre o rompecabezas. Una hoja de diario para poner debajo del asiento y así levantar las piezas que se caigan antes de que se pierdan.
-Alimentos diversos, en especial saludables, en porciones pequeñas, para ir dosificando. Lo ideal es evitar dulces, bebidas colas o chocolate, ya que suelen estimularlos.
-Toallitas humedecidas.
-Una muda de camisa para el niño. Y otra para el acompañante.