Estuve en Córdoba. Mejor dicho, en un hostel en Córdoba capital. Porque un hostel en esa ciudad tiene tanto de local como un hostel en Buenos Aires, Lima, el D.F., Barcelona o Praga; es decir, no mucho.
Los hostels son esos albergues para mochileros que se multiplicaron en los últimos años no sólo por Buenos Aires, sino por el resto del país, siguiendo la tendencia globalizada de alojamientos económicos, servicios básicos, espíritu joven y rutinas más o menos comunitarias. Y este hostel en particular, en el centro cordobés, sobre la calle Santa Rosa, era un caso arquetípico.
El lobby, por ejemplo, estaba dominado por una mesa de pool y un televisor donde no se veía la CNN, sino el partido que dos huéspedes porteños disputaban en la PlayStation. Pasando la recepción estaban las computadoras de uso libre, desde las que tres chicos israelíes se comunicaban a casa por Skype. Una puerta más llevaba a una cocina donde dos norteamericanos con serias posibilidades de trabajar como modelos de The North Face terminaban de saltear unas verduras para la cena.
Pedí en la recepción una taza de café y me dieron justamente eso: una taza y un poco de café para que me lo preparara en la cocina, con los protagonistas de la próxima campaña de The North Face. Pedí toallas para ducharme y me dijeron que se alquilaban por 3 pesos. Aunque la modalidad me pareció injusta, el precio sonaba razonable. No así la servilleta que entregaban a cambio, con agujeros por los que pasaría una pelota de tenis. Todo por instalarme de una vez en la confortable habitación para... ocho personas, sin baño. Las cosas que se pueden hacer con 11 dólares.
Así se fueron sucediendo algunos de los encantos de parar en un hostel, que más que un lugar donde alojarse es una manera de viajar. No por nada en Buenos Aires, por ejemplo, más de un hostel céntrico se convirtió en los últimos años en una especie de boliche, con bar y hasta bandas de rock en vivo, donde se reúne mucha más gente de la que paga para dormir allí.
Porque ocurre algo curiosamente contradictorio: por un lado, el típico cliente de un hostel es el menos cómodo, más experimentado, explorador, desestructurado, de ese que gusta llamarse viajero en oposición al tradicional (e indeseable) turista. Pero, por otra parte, tiende también a permanecer lo mejor de sus estadas en... ¡el hostel! Sitio que, como se dijo, respeta un protocolo de prestaciones, decoración y ambiente en general que lo vuelve previsible, no importa dónde quede; con las salvedades de siempre, claro.
Más allá de eventuales motivaciones económicas, el animal de hostel acostumbra dormir, cocinar y comer, jugar al metegol, chatear y, sobre todo, socializar día y noche, sin traspasar excesivamente las puertas de su ocasional morada ni empaparse más de la cuenta de color local.
Al fin y al cabo, todo hostel es una isla. O un territorio neutral, como una embajada, que funciona con su propia lógica y que es un viaje en sí. Al submundo hostel.
Publicado por Daniel Flores / 14 de junio de 2009 / 08:07 AM