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Los hammam , para salir como nuevo
Laberíntica, llena de recovecos, caótica. Emplazada sobre dos continentes, nunca se la llega a conocer, aunque se la haya visitado varias veces. Después de leer su libro, creo que sólo Omar Pamuk la domina.
Cosmopolita y turca a todo trance, los estambulitas y los turistas atraviesan el Bósforo a diario, para trabajar en Europa y vivir en Asia, o a la inversa los primeros, y para conocer una ciudad dividida los segundos. Cientos de barcos colectivos transportan multitudes. El tránsito urbano es desorganizado, los taxis y los dolmuz corren como liebres. Los miles de comercios, joyerías, las tiendas de narguiles, especias y alfombras, y los llamados a la oración de las mezquitas, en contrapunto con las voces de los vendedores ambulantes, que provocan al viajero una sensación de vértigo y mareo.
Estambul fascina y extenúa. La solución milagrosa para esa fatiga placentera está en los baños turcos. Estos hammam abren a las 6 y cierran a las 12 de la noche. El Cemberlitas es una joya arquitectónica. Construido en 1584, por encargo de la sultana Nur-u banu, según el diseño del famoso Minar Sinam, es uno de los legados de la conquista otomana del siglo XVI.
Su ubicación es óptima para el turista. Cerca del Gran Bazaar, de la Universidad y no lejano a Sultanahmet. En su interior, una piedra redonda de mármol blanco puede alojar a unas seis personas que, cubiertas por un pestamal (pareo), esperan recostadas al masajista. El masaj se hace con un guante de textura hasta que estimula la circulación sanguínea. Termina con una cascada espumosa de agua de azahar, lima y menta, que se desliza de manera relajante.
Sobre un nivel inferior están distribuidas pilas con formas de morteros llenos de agua fresca para echarse sobre el cuerpo. Luego se reposa en la piedra central para recibir la luz del sol o las estrellas, que se filtra por los círculos de cristal que adornan la bóveda. ¡Se sale renovado! Y con energía para seguir recorriendo callejas, o ir a comer pescado fresco a la vera del mar, o disfrutar de la puesta del sol en el café de Pierre Loti, frente al Cuerno de Oro.
Fuente
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