Sobrevolando las altas puntas blancas del Himalaya, la nave Druk, que había despegado hacía ya algunos minutos de Katmandú, se fue abriendo camino por todo el verde trabajado en bloque, la Tierra del Dragón del Trueno.
¡Jenpa Lekso! En el aeropuerto, que no era un templo por mucho que se pareciera por su intención arquitectónica, nos esperaba nuestro guía; que no era un monje, sino tan sólo un butanés en su atavío local, el gho. Es una toga que va hasta la rodilla y se ata en la cintura. A medida que nos internábamos en el reino montañés de Padma Sambhava los colores aumentaban. A diferencia de ellos, el vestido de ellas llega hasta la rodilla y lo llaman kira. Los colores no dejaban de aumentar. Y de brillar, por los costados verdes del valle. Como indican el decoro y los buenos modales, nuestro guía se calzó el kabney (pañuelo largo) sobre el gho para iniciar la visita al Rinpung Dzong, castillo construido en 1646 por Zhabdrung Rinpoche en defensa de los invasores tibetanos. Ahora funciona como Centro de Administración y Escuela de Monjes. Los colores continuaban aumentando y salpicando de ansiedad nuestros ojitos curiosos. Se acentuó el rojo, como color primordial en las dentaduras. Aunque también en el suelo. Era el Doma (hoja de betel y nuez de areca) que mascan y se ofrecen mutuamente por amistad, generosidad o cortesía. La gente estaba reunida, las familias sentadas y en los tes de manteca que hervían en cada taza se despedían la música, el baile y las máscaras del Tsechus. Habíamos llegado en el último día del festival budista de Paro.
Según se cuenta, en el siglo VIII Guru Rinpoche (Padmasambhava) voló a lomos de su consorte, una tigresa, hasta una cueva ubicada a 3000 metros de altura y meditó allí durante tres meses antes de esparcir el budismo por la región. Siguiendo las banderas de oración y las hileras de stupas (pequeñas capillitas para los muertos) que se nos aparecían cada tanto, nuestras piernas treparon sin escatimar pulmón, hasta el famoso monasterio edificado en esa misma cueva legendaria: Taktsang, el nido del tigre.
Despejando de incienso la ruta, tomamos el lado izquierdo de circulación y nos dirigimos a Thimphu, la capital sin semáforo, la capital de Bután. La gente de mil colores en toga continúa mascando la fruta roja en vez de fumar, porque fumar está prohibido. Se pasean al compás de la tradición budista y del calendario lunar o solar. Mientras tanto los vegetales se solean en la vereda; el cardamomo revolotea, el arroz rosa se sirve en la mesa (no muy caliente porque se come con la mano); el perfume a coriandro se recuesta en la garganta; las cenizas de jengibre se disuelven en el fondo del vaso de lima fresca, y que como para fresco ya está muy fresco afuera, viene el chile, que viene en verde, rojo, seco, polvo; en fin, como sea, pero viene con chile. Siempre.
Deberíamos haber supuesto que no se trataba de juguetes sexuales pues los vicios no son la senda al nirvana. Sin embargo, tanto accesorio, pintura y ornamentación fálica habilitaban al menos a preguntar. Y la respuesta fue que el falo es símbolo de fertilidad, suerte y protección. Por lo tanto, cada uno tiene uno guardado en su hogar y en las tiendas los venden como souvenir.
Ubicando a los takins (animal nacional) en los últimos asientos del memory stick, dejamos uno de los sitios con más elevado FIB (felicidad interior bruta) del planeta: Bután.