Aunque estén de viaje, cómo los padres siguen monitoreando a sus hijos
"Ya estoy bien, mamá." La voz infantil y temblorosa de mi hija Luisa, del otro lado de la línea de teléfono, me heló la sangre. De repente, la magnífica Berlín que se asomaba por la ventana del hotel me pareció lejana, gris e indolente. Algo había pasado en casa y yo estaba lejos. La distancia que me separaba de Buenos Aires era insoportable.
Lo era también para aquella colega mexicana en viaje de convenciones en Seattle, cuando durante uno de los regulares traslados en combi que van del hotel al centro de reunión interrumpió la somnolencia matinal con un aullido de alegría al enterarse por celular de que su hija había aprobado el último examen universitario. Y se sintió igual después cuando, con lágrimas en los ojos, compartía la buena nueva con el resto, casi extraños.
Basta observar las expresiones de los viajeros cuando, exprimiendo el teléfono contra sus mejillas, escuchan de sus hijos la caída del primer diente, el resultado del partido al que no pudieron asistir o imaginando cómo estará luciendo su hija en esa fiesta que tanto esperó.
Es irreal pretender que uno en realidad deja a los hijos cuando supuestamente viaja sin ellos. Como polizontes se introducen en nuestros recuerdos, preocupaciones, compras y hasta en los objetos que fotografiamos.
Bastaría contar la cantidad de imágenes de dinosaurios que trajimos en nuestra cámara cuando visitamos el Museo de Historia Natural de Nueva York, sin que medie ni una tardía vocación paleontológica.
¿Qué fue lo primero que hicimos con un colega de Clarín , muchos años atrás, en el primer minuto libre de un fugaz viaje de trabajo a Newark? ¿Pasear? ¿Descansar? No, cruzar a Manhattan en busca de un regalo meritorio para nuestros respectivos hijos, que eran pequeños entonces. Nos decidimos por pijamas de superhéroes para los Cantón, camisones de hadas para mis niñas. Todavía nos seguimos felicitando mutuamente por aquel trofeo, que yace como trapo en algún cajón y que nuestros vástagos, hoy adolescentes, ni recuerdan.
Los tuyos, los míos
La sensación de andar como partido en dos mundos durante el viaje la comprobé aun en los más transitorios compañeros de ruta, sobre todo cuando son asuntos de trabajo y están -estamos- sin ningún entorno familiar.
Uno puede terminar conjeturando largamente con un perfecto desconocido sobre si habrá sido correcta tal o cual decisión de la maestra sobre su hijo, infante que uno jamás conocerá y que, además, vive, aprende y padece las injusticias escolares en un lugar que uno no conoce ni en el mapa.
O encontrarse, sin saber exactamente cómo, frente a una sesión de fotos o videos familiares en la computadora o teléfono de alguien que era prácticamente anónimo hasta hace unos minutos, y ahora nos sonríe desde la pantalla en sus últimas vacaciones, en un primer día de clases o un cumpleaños.
En esos momentos de instantánea intimidad que da el desarraigo conocemos de su parentela hasta a suegros que, seguramente por la nostalgia, también parece extrañar.
Antes creía que era una costumbre sólo personal la de no modificar la hora del reloj cuando estaba fuera del país, para seguir mentalmente el ritmo de la jornada en casa.
Ni hablar de las lunas de miel, cuando los matrimonios veteranos dejan a sus hijos. Los Pizarro, por ejemplo, que esperaron casi 20 años para ir a conocer Europa y dejaron a sus cuatro hijos. Allí están ahora, disfrutando, según nos cuentan, y con una rutina de dos horas por día de charla con los chicos por Skype y mails recordatorios a hermanos y primos, para que acudan a sustituir su presencia en actos escolares o apoyo deportivo.
Ahora tengo la sospecha de que casi nadie, si dejó familia atrás la cambia voluntariamente. Siempre está el celular que se acomoda al huso de donde está el usuario.
No hay prueba científica, excepto pararse en el hall de regresos de Ezeiza, por ejemplo, y asistir al instante donde huso horario, persona y familia se reencuentran y completan.