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Una ampliación que no altera la perspectiva

Con proyecto de Moneo, El Prado sumó un claustro del siglo XVI reciclado y un nuevo hall debajo de una terraza parquizada.

Una ampliación que no altera la perspectivaTal vez, sea la forma de celebrar el fin de una era, la de los museos concebidos como templos de una actividad estática y pasiva, y el inicio de otra, en la que éstos deben funcionar como instituciones abiertas, interactivas y volcadas a la comunidad. El fenómeno es casi universal y ahora le tocó al Museo del Prado, en Madrid, célebre por albergar a Las Meninas, entre otras obras maestras de la pintura española. Proyectado originalmente por Juan de Villanueva en el siglo XVIII, acaba de ser ampliado por Rafael Moneo, en una intervención que resuelve en forma original varios objetivos: el agregado de un nuevo edificio, la conexión de éste con el existente, la reformulación completa del funcionamiento interior de todo el conjunto y una nueva vinculación con el entorno inmediato.

En principio, se trataba de aumentar la superficie expositiva. Agotadas las instancias de seguir sumando metros al edificio original ?como se hizo en las reformas anteriores?, se evaluó que la única posibilidad real de crecer era hacia sus espaldas. Esto se consiguió sumando el Claustro de los Jerónimos, un edificio religioso del siglo XVI que se encontraba prácticamente destruido en una manzana lindera detrás del Museo, se consiguen 22.000 m2 adicionales que serán utilizados para muestras temporales.

Como, por otra parte, se disponía de una franja de terreno entre el edificio Villanueva y la calle Ruiz de Alarcón, que corre por detrás, Moneo decidió ubicar allí una pieza arquitectónica-paisajística que incluye también la conexión con el Claustro.

Otra de las exigencias del programa eran rehabilitar la Puerta de Velázquez, sobre el Paseo de Prado. Esta entrada, por la cual se accede a la gran Sala Basilical con ábside ?hall distribuidor natural del edificio?, estuvo cerrada durante muchos años. Moneo aprovechó este requerimiento para vincular ambos extremos, la Puerta y el Claustro de los Jerónimos, con lo cual incorpora a la circulación interna un inédito eje transversal. Se trata de una línea, algo quebrada, que transporta a los visitantes desde el Paseo del Prado hacia el fondo, lo cual le otorga a todo el conjunto una dimensión de profundidad de la que carecía hasta ahora, debido a su clásica disposición lineal.

Desde su inauguración, en 1830, el único eje de circulación de Prado fue siempre el longitudinal, que atraviesa los dos largos pabellones alineados a ambos lados de la Basílica, sala de 360 m2 que ahora se erige en el nudo básico donde se entrecruzan los dos ejes. "El trayecto transversal es el hilo conductor de toda una serie de episodios arquitectónicos que resuelve los problemas que planteaba el programa", explica Moneo. En la Sala se eliminó el auditorio que ocupaba el nivel inferior (originalmente era de doble altura) y se reformuló el espacio como hall, mientras que alrededor del ábside se instaló una serie de esculturas de mármol y se rebautizó el lugar como la "Sala de las Musas".

Ascención hacia la luz. El Claustro de los Jerónimos estaba sumamente deteriorado, pero de todas formas era monumento histórico. El proyecto de Moneo lo transforma en un patio de esculturas adentro de un edificio nuevo, construido a su alrededor. Sus arcadas, apoyadas sobre un basamento de seis metros de altura, fueron encapsuladas por una camisa de hormigón autocompacto, y un techo vidriado les brinda luz cenital. Por su parte, el edificio nuevo, que abraza al viejo Claustro y alberga distintas funciones educativas y logísticas, es un discreto cubo de ladrillo visto, material típico de Madrid.

La nueva estructura se eleva desde un basamento ciego de ladrillo, y en su fachada principal, hacia la espalda del edificio Villanueva, se destaca una hilera de columnas (loggia), a través de la cual se puede vislumbrar desde la calle parte de la arquería restaurada y restituida. Este nuevo edificio se alinea con la fachada de la vecina Iglesia de los Jerónimos, y al nivel del basamento, se abre hacia el Museo y el nuevo paseo urbano a través de unas monumentales puertas de bronce, encargadas por Moneo a la escultora Cristina Iglesias, que diseñó una textura comparable a una planta trepadora. El portal, sin embargo, tendrá un uso exclusivamente ceremonial.

En cuanto al Claustro en sí, Moneo enfatizó el caracter histórico de esta tipología: una galería que rodea el patio principal de una iglesia o convento. Con ese fin, instaló un gran lucernario que atraviesa todos los niveles y les irradia luz natural. Este se prolonga hacia el basamento a través de una estructura de acero cubierto de cristal, a modo de linterna.

La luz ya había sido destacada por Moneo como gran protagonista de otra de sus obras: la Catedral de Nuestra Señora de Los Angeles, en Estados Unidos. Entonces se había referido a ella como "el vehículo que nos conduce a la experiencia de aquello a lo que llamamos sagrado". Ahora, propone el esquema de circulación vertical de este edificio como un trayecto guiado por este lucernario, que lleva desde la solidez del basamento ?ascendiendo por todos los niveles por la escalera mecánica? hasta llegar al Claustro, final del recorrido.

De esta forma, el renovado Claustro de los Jerónimos se entiende como "la lámpara que ilumina toda la nueva construcción; como obra de arte que se incorpora a las colecciones del Museo; como elemento arquitectónico que da razón a todo lo que se construye a su alrededor", asegura el arquitecto.

Paisaje urbano. "El hecho de que la ampliación del Museo se haya materializado en el ámbito de los Jerónimos permitió actuar en el flanco más débil de su arquitectura: la fachada posterior, desnaturalizada por las sucesivas ampliaciones y reformas. La nueva ampliación ha transformado por completo este flanco a naciente, la espalda del Museo", asegura Moneo. La conexión entre el viejo edificio del Museo y el Claustro cobijado por el edificio nuevo, se da a través de un gran pabellón o plataforma trapezoidal (en rigor, la misma forma que la franja de terreno), que está semienterrada, sacando partido del desnivel del terreno, y cubierta por una terraza ajardinada.

"La intención es que el espacio cubierto no sea leido como un edificio, sino más bien como un accidente urbano", explica Moneo. Este volumen, que ocupa el espacio comprendido entre la "espalda" del Museo y el basamento del Claustro, constituye en rigor la "cara nueva" del Museo, ya que se accede a él desde la nueva Puerta de los Jerónimos, a espaldas del edificio Villanueva. Esta puerta conduce al nuevo hall de entrada, donde se alojan todas las funciones auxiliares como el bar o la tienda, además de un nuevo auditorio para 438 espectadores, que, por su ubicación en el área pública de acceso al museo, podrá ser utilizado tanto fuera como dentro del horario de funcionamiento normal. De modo que constituye la cara más pública del Museo.

La circulación a través de esta pieza arquitectónica se establece en dos niveles, uno público y otro para el personal del museo, en cotas diferentes, y genera dos áreas de conexión entre los dos edificios. Por un lado, la planta baja del Museo se comunica directamente con el nuevo hall de la Puerta de los Jerónimos través de dos pasos abiertos a ambos lados de la cabecera de la Sala Basilical. El otro nivel de conexión, en el subsuelo, está habilitado para la circulación de las obras de arte desde el Museo hasta los depósitos o hacia las nuevas salas de exposición en el Claustro y el edificio nuevo.

Desde este hall en el centro de la manzana se establece también la comunicación vertical ?escaleras, escaleras mecánicas, ascensores? que lleva al edificio nuevo y al Claustro. Allí se ubicó también el acceso para tours guiados, a fin de descongestionar la nueva entrada principal por la Puerta de Velázquez. En tanto, en dirección al Paseo del Prado, este "accidente urbano" se une al Museo a través de unas galerías acristaladas que abrazan el patio abierto alrededor del ábside de la Sala Basilical. Que equivale prácticamente a otro lucernario.

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