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El agridulce caviar ruso

Sensaciones encontradas en un viaje a Moscú durante la Perestroika, tan hostil como atrapante.

El agridulce caviar rusoEl primer viaje que me viene a la memoria es uno que hice a Moscú. Un viaje agridulce, muy particular, distinto de todos.

Después de un vuelo de veinticuatro horas bastante accidentado por los pozos de aire, con dos criaturas, una de cada lado, que pertenecían a dos familias diferentes, pero que vomitaron todo el tiempo, finalmente llegué a Moscú. Ahí me esperaba un intérprete, que durante todo mi pasaje desde el aeropuerto hasta el hotel en el centro de la ciudad me habló pestes del gobierno.

Mientras hablaba yo mantuve absoluto silencio y reserva. Estaban en plena Perestroika, en plena ebullición. Los moscovitas tenían un humor terrible y el trato era muy dificultoso. Era un momento de cambios, resistidos por unos y apoyados por otros.

El motivo del viaje era un simposio en el que había invitados de todos los países del mundo que hubieran tenido relación con el trabajo de Stalisnavsky. En su estudio o en su continuidad, o en nuevas búsquedas. Había gente de Inglaterra, Estados Unidos, España, Finlandia, Suecia, de todas partes.

Llegaron invitados muy importantes, como Peter Brooks; actores que habían trabajado con Ingmar Bergman; gente muy destacada, y se dictaron conferencias y debates sobre el trabajo que cada uno había desarrollado, que resultó de sumo interés.

Otro aspecto interesante del viaje fue que vimos una gran cantidad de espectáculos, algunos excelentes y otros muy malos, pero todos en teatros excepcionales. Los teatros de Moscú me dejaron con la boca abierta. Tienen como cincuenta salas de primera línea; teatros de gran lujo y confort, y con unos equipos tremendos. Después de ver los espectáculos tuvimos la oportunidad de pasar al interior de las salas, y nos mostraron toda la infraestructura técnica, y realmente estaban a la vanguardia en ese sentido.

Otro aspecto interesantísimo fue conocer la casa de Antón Chéjov, la de León Tolstoi y la de Stalisnavsky, convertidas en museos. Pedí hablar con actores que hubiesen trabajado con Stalisnavsky, y en su misma casa me presentaron a dos ancianos que habían estado con él en su última etapa.

Por medio de un intérprete tuve la oportunidad de hablar con ellos sobre diferentes aspectos de su trabajo. Fueron tan solícitos, tan minuciosos y tan detallistas, que fue un inmenso placer y una oportunidad de excepción.

Finalmente, lo más dificultoso fue el trato con el ejército. El ejército en Moscú estaba muy activo, a tal punto que en algún momento, dentro mismo del hotel, nos hicieron pasar momentos difíciles. La última noche, por ejemplo, nos habíamos reunido un grupo de colegas franceses y españoles a cenar, con otros muchos que estaban en otras mesas, y nosotros nos quedamos hasta último momento para despedirnos, y el comedor estaba cerrando. Entonces vinieron los uniformados, y muy imperativamente, con golpes en la mesa, dijeron que la cosa había terminado. Les pedimos disculpas, y cuando íbamos a salir nos encontramos con que habían cerrado las puertas del comedor. Nos tuvieron durante media hora encerrados allí, hasta que volvieron para dejarnos ir. Nos hicieron sentir que habíamos cometido un error.

Esta hostilidad manifiesta que había en algunos actores era muy evidente. Había mucha presencia militar en la calle. Y entrar para el visado y pasar por la aduana para salir del país fue un trámite muy dificultoso y terrible. La noche anterior habían sorprendido a un pasajero cubano que llevaba dos latas de caviar entre su ropa, razón por la que, al partir, no solamente nos hicieron dejar todos los rublos y las monedas que no nos podíamos quedar, ya que no podía salir ni un solo centavo de Moscú, sino que nos revisaron minuciosamente, a tal punto que a mí me hicieron pasar a un cuarto y me hicieron desnudar para que no me llevara... ¡una lata de caviar! Por suerte no llevaba nada.

Por eso digo que fue un viaje agridulce, ya que tuvo aspectos extraordinarios y otros desagradables.

Por Agustín Alezzo
Para LA NACION

El autor es director de teatro. En marzo se repondrá Yo soy mi propia mujer, con Julio Chávez. en el Centro Cultural Konex.

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