Tras una filmación, se quedó para disfrutar del antiguo poblado incaico
A principios de diciembre de 2008 viajé a Perú para filmar Los condenados, una película de producción española, más precisamente catalana, dirigida por Isaki Lacuesta. En esa producción trabajaron también Daniel Fanego, María Fiorentino, Arturo Goetz, María Oneto, Juana Hidalgo, Nazareno Casero y Bárbara Lenny.
Fuimos a una zona que se llama Chanchamayo, lugar increíble, muy cerca de la selva que se extiende a Bolivia y Brasil. La película se terminó de rodar en Perú el 30 de diciembre, y pensé que sería una buena oportunidad para viajar a Machu Picchu y esperar el Año Nuevo en las ruinas.
Viajamos con María Fiorentino, desde Chanchamayo hasta Lima, y atravesamos en auto toda la Cordillera hasta la costa del Pacífico. Fue un viaje maravilloso, porque salimos de un ambiente totalmente tropical para ganar altura hasta los 4000 metros y cruzar las nieves eternas.
Después descendimos el camino hasta llegar a Lima, al nivel del mar, y al día siguiente tomamos un avión a Cuzco. Si bien sufrí un poco la altura, pude reponerme con el mate de coca que nos daban todo el tiempo. Así las cosas, al día siguiente tomamos el tren que llega hasta Aguas Calientes, un poblado ubicado al pie de las ruinas, donde nos preparamos para realizar la ascensión a la ciudadela escondida. Primero, subimos por un camino de montaña, y después de andar un rato en círculos, de repente, como en un sueño, entre las nubes apareció este sitio realmente conmovedor.
Ahí arriba nos alojamos en el hotel donde celebramos el Año Nuevo, y enseguida salí a recorrer las ruinas con José, un guía descendiente de los incas.
En realidad, casi todos los guías de Machu Picchu son descendientes de incas. Hablan en quechua entre ellos, y es realmente notable como siguen conservando y transmitiendo, luego de 500 años de opresión, su cultura y sus creencias.
José me llevó a recorrer las ruinas hasta la Puerta del Sol, y durante los dos días que estuve con él me llamó la atención su integración con la naturaleza.
Mientras conversaba conmigo, sacaba migas de pan de los bolsillos y se las tiraba a los pájaros, que se acercaban de una forma asombrosa. Además, en el camino me iba mostrando todas las plantas por su nombre, y los tipos de orquídeas, que yo ni sabía que existían. Después me decía: probá esto, es menta, pero es una menta especial. Y así revelaba a cada paso un profundo conocimiento de la naturaleza.
Durante el mes que estuve filmando allí conocí a muchos jóvenes descendientes de los incas y me contaron que aún persisten comunidades enteras que siguen manteniendo intactas sus creencias y su cultura, no porque ignoren la otra, sino porque no la eligen.
Esa sabiduría y esa filosofía llegaron a José por transmisión de sus antepasados, y él las sigue practicando y transmitiendo a quien quiera oírlo. La forma en que se le acercaban los pájaros era realmente muy impresionante. La naturaleza lo reconocía, y juntos conformaban una comunidad. No estaba el hombre por un lado y la naturaleza por otro, sino que estaban realmente juntos e integrados. Una experiencia maravillosa.