La hospitalaria Libia, un buen augurio para el arranque
Playas desiertas, ruinas romanas muy bien conservadas y gente sorprendentemente amable, en este país del Magreb, primera etapa deun apasionante cruce de Norte a Sur por todo el continente africano
Era un sueño postergado volver a viajar. El vivo recuerdo de una travesía por Asia en un viejo Land Rover, diez años atrás, incitaba a encarar un nuevo desafío: explorar Africa de Norte a Sur. Esta vez con más recursos, pero con un tiempo limitado de siete meses.
Como reincidente fue fácil definir el tipo de vehículo necesario y cómo equiparlo. Un todoterreno daría la libertad de transitar por rutas difíciles en cualquier época del año.
El estado de las rutas africanas demandaba, además, que fuera un auto robusto. Esta vez sería un Toyota Land Cruiser diesel, un auto casi sin componentes electrónicos, muy utilizado por organizaciones como la Cruz Roja o las Naciones Unidas.
Lo importante era equiparlo para poder vivir en él si las condiciones climáticas o algún peligro impedían salir.
Parece fácil; sin embargo, los preparativos del viaje y equipar el auto llevó casi tres meses. Una empresa especializada instaló:
Tanque adicional de combustible para sumar una capacidad total de 270 litros.
Tanque de agua de 120 litros, bomba eléctrica y filtro para potabilizar agua.
Suspensión reforzada para cargas pesadas.
Techo especial que, al abrirse, permite estar de pie dentro del auto.
Calefacción independiente con gasoil (no es necesario tener el motor en marcha para que funcione).
Interiores en forma de módulos para almacenar víveres, ropa, herramientas, además de funcionar como cama o asientos.
Heladera de 12 voltios.
El mes previo a la partida suele ser el más duro. Además de adquirir e instalar el equipamiento, hay que resolver cuestiones administrativas, como seguros médicos, pasaportes y visas. Y el tiempo vuela.
Respecto de la documentación para el vehículo, en este caso era imprescindible gestionar el carnet de passages en duanes, documento otorgado normalmente por el Automóvil Club del país de origen del auto, que sirve para facilitar su importación temporal en los países visitados. Por lo general implica tener que depositar una suma de dinero (varía en cada país) como garantía de que el auto no será vendido en el extranjero. Es una especie de pasaporte automotor que, como pocos documentos en el mundo, es igual en Europa, la India o Sudáfrica.
Rumbo sur
Partir fue difícil. Con víveres todavía desperdigados por el auto, alcanzamos sobre la hora el ferry que hace dos veces por semana el trayecto de Génova a Túnez. Veinticuatro horas más tarde, el barco atracaba en Africa.
Pese a que el viaje consistiría básicamente en un recorrido desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo, fue irresistible la tentación de tocar también Rass Ben Sakka, que es el punto extremo Norte de Africa, a unos 80 kilómetros de la ciudad de Túnez. Así que allí transcurrió la primera noche de la travesía, en una playa cercana al faro del lugar.
Túnez es un país fascinante, pero ya había sido un excelente lugar de vacaciones unos años atrás, así que esta vez quedaba fuera de la hoja de ruta. Poner rumbo sur apremiaba.
Libia sería distinta. Si bien era terra incognita, viajar por este país tampoco era el objetivo original. Al menos esta vez la idea era, simplemente, transitarla por cuestiones de tiempo y de visas. Desde hace unos años, para obtener una visa de turista, en Libia es necesario contratar un guía que esté presente durante toda la visita. Por eso al viajar de manera independiente lo mejor era gestionar sólo una visa de tránsito por siete días, para la que no se requiere tal asistente. Las visas de tránsito no son comunes, así que obtenerla fue un buen presagio.
Entrar en el país sin el habitual guía no implicó inconveniente alguno.
El trámite fue rápido y los oficiales de migraciones y aduanas se mostraron amigables. A partir de allí, sólo vendrían experiencias positivas. La primera fue a los pocos kilómetros, en una estación de servicio. Nafta y gasoil cuestan en Libia casi la cuarta parte de lo que valen en Túnez. Ya en la frontera eran varios los que empujaban sus autos? La cola para cargar gasoil era de unos 200 metros. Pero no habían pasado cinco minutos cuando un hombre se acercó y preguntó si éramos turistas. Luego dijo que la cola era para los que iban hacia Túnez y que los turistas que entraban en el país podían cargar de inmediato?
Ruinas y hospitalidad
Camino al este quedaban Sabrata y Leptis Magna, hoy algo así como museos al aire libre. Ambas ciudades romanas están muy bien conservadas, mucho mejor de lo que se puede apreciar en Roma, sobre todo Leptis Magna, que permaneció enterrada durante ocho siglos. En Sabrata, el gran anfiteatro, uno de los mejores conservados del antiguo imperio, y los templos con el fondo azul del Mediterráneo transportan a otra época. La ciudad fue construida entre los siglos I y II de nuestra era, y comenzó a declinar con la llegada de los árabes.
Leptis Magna, en cambio, es mucho más grande. Fue primero un asentamiento bereber, luego un puerto fenicio y desde el siglo VI a.C. estuvo opacada por Cártago.
Parte del Imperio Romano a partir del año 111 a.C., llegó a tener en su apogeo, durante el reinado del emperador Séptimo Severo (193-211), unos ochenta mil habitantes.
Las ruinas datan principalmente de esa época. El anfiteatro, los baños de Adriano y el enorme foro, de 450 metros por 100, impactan por sus dimensiones y refinamiento, pero sobre todo por la soledad en la que perduran. Los turistas podían contarse con los dedos de la mano.
Los libios fueron hospitalarios en todo momento. Bastaba preguntar una dirección a un conductor para que desviara su ruta para indicarnos el camino. Se mostraron curiosos, pero discretos y dispuestos a ayudar sin esperar nada a cambio. Además, no son tímidos a la hora de comunicarse. Aunque pocos hablan inglés, si uno pregunta en esa lengua, ellos responden en árabe y a su vez con miles de gestos hasta que se hacen entender. La relación que tienen con el dinero también fue llamativa.
Mientras en Occidente se pagan hasta las unidades de centavos, en Libia éstas no parecen tener mayor importancia. Comprar dos o tres flautas de pan, por ejemplo, resultó ser generalmente gratis. Las rutas en el Norte fueron siempre excelentes y poco transitadas.
Si se evitan las ciudades de Trípoli y Bengasi, da la sensación de ser un país enorme y vacío. Libia cuenta sólo con unos seis millones de habitantes. Sin embargo sorprende que haya muchos extranjeros de otros países de Africa trabajando allí.
Las playas son magníficas. Anchas, con arena, poco frecuente en el Mediterráneo, y sin un alma. El agua es transparente y azul turquesa a lo lejos. No obstante, la gente ni las pisa. Fue difícil encontrar una huella que llegara al mar y el esfuerzo hubiera sido en vano sin un 4x4. Una vez allí, en absoluta soledad, fue fácil comprender que los únicos interesados en la playa eran un par de pescadores que faenaban a lo lejos.
Salir de Libia resultó tan sencillo como entrar. A pesar de que los trámites son varios, ya que en Libia hay que circular con patentes locales que se devuelven al dejar el país. En Egipto, el sistema es similar, pero allí todo resultaría más complicado.