Desde la ciudad de Puno, tras navegar durante tres horas por el lago Titicaca, se llega a estos ocho kilómetros cuadrados de tierra y se descubre una enigmática comunidad.
PUNO.– En medio del Altiplano peruano, a orillas del Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, a 3856 metros sobre el nivel del mar, se levanta la ciudad de Puno. Los primeros habitantes de estas tierras fueron los collas, luego desplazados por los incas. Y después, en 1668, los españoles establecieron aquí un centro comercial. Su cercanía con las minas de plata de Laykakota la volvieron una de las ciudades más ricas de América, pero actualmente sus principales actividades son la agricultura, la ganadería y el turismo.
Hasta su puerto hoy llegan visitantes de todo el mundo: europeos, argentinos, indios y muchos japoneses, que se ponen los típicos gorros andinos con guardas de colores, tapaorejas y pompones, que en combinación con sus ojos rasgados provocan risas entre los locales. Desde allí salen barcos que andan por el lado peruano del Titicaca y llegan hasta algunas de sus treinta islas. Taquile es una de éstas, exactamente a 35 kilómetros de Puno.
Como el viaje dura cerca de tres horas, para aprovechar el día las embarcaciones salen bien temprano, entre las 8 y las 9 de la mañana. Otra opción es pasar allí una noche, en alguna casa de familia, lo que cuesta cerca de 10 soles (3,5 dólares) por persona, y regresar al día siguiente.
Se puede tomar un tour completo o directamente subir a las embarcaciones que maneja la misma comunidad de Taquile, en las que también viajan pobladores con sus mercancías, cuesta alrededor de 20 soles (7 dólares).
A poco de zarpar, la mayoría de los barcos hace una parada en las islas flotantes de los uros (5 soles adicionales), comunidad de indígenas que habita estos islotes construidos con torta, una clase de juncos que también utilizan para fabricar sus casas y sus barcas. Viven de la pesca, las plantas acuáticas, y ahora también del turismo.
Otra vez a bordo, hay que navegar un buen rato por estas aguas, sagradas para los incas, y por las que alguna vez navegó Jacques Cousteau, explorando las profundidades durante ocho semanas con un pequeño submarino. Finalmente, una montaña aparece con forma de ballena en medio del agua. Es Taquile.
Esta particular isla está bordeada por un sendero de piedras que va subiendo hasta la parte más alta, donde se encuentra el pueblo, a 3950 metros sobre el nivel del mar. A lo largo de este trayecto, con el agua turquesa de fondo, se empieza a sentir la tranquilidad del lugar y aparecen algunos indicios de la forma de vida de esta comunidad, formada por 2400 habitantes, que subsiste por medio de la ganadería, la agricultura, el turismo y la venta de artesanías. En las laderas de la montaña están delimitadas con piedras las pequeñas parcelas, terrazas incaicas, donde se ve a los lugareños trabajando la tierra a la manera antigua. Y no es raro cruzarse con pastores arreando ovejas mientras mastican coca. Otra imagen característica es la de los hombres tejiendo con dos agujas o la de las mujeres hilando.
Solteros y casados
Este pueblo, cuya lengua madre es el quechua, conserva sus tradiciones y vestimentas típicas. En la isla no hay policía, ni luz eléctrica, ni perros, ni gatos, ni más medio de transporte que las piernas, pero sí un puesto de salud, tres escuelas y energía solar. Sin embargo, algunas cosas han cambiando con el tiempo. Leo, un guía que realiza este tour desde hace 25 años, se lamenta: “Antes los colores de los tejidos eran naturales y los techos de todas las casas eran de paja, ahora muchas cosas son sintéticas”.
Desde que empezaron a llegar turistas, los taquileños han tratado de mantener un modelo comunitario para explotación del turismo que beneficie a todos los habitantes. Incluso pudieron mantener el monopolio de los barcos que llegaban a la isla hasta los años ochenta.
La vestimenta de los locales suma color al paisaje. Los hombres usan pantalón y chaleco negros, camisa blanca, faja de colores y el gorro da cuenta del estado civil de los locales: el de los casados es rojo, mientras que el de los solteros es blanco y rojo, y dependiendo de cómo cae la punta, se puede saber si está buscando novia o no. Las mujeres visten polleras con pompones de colores, suéteres rojos, y se cubren el pelo con una manta negra.
Una arcada de piedra con una cruz –la mayoría de los habitantes es católica– da la bienvenida al pueblo que parece quedado en el tiempo, con sus casas de adobe y piedras. Se puede comprar alguna pieza del famoso arte textil de Taquile, que fue proclamado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Venden mantas, fajas o bolsitas para guardar coca, todo adornado con bordados de estrellas y pájaros.
En los sencillos restaurantes, la carta no es muy variada, pero sí sabrosa: un menú completo cuesta cerca de 10 soles, y generalmente consta de sopa de quinoa y pescado, que puede ser trucha o pejerrey, acompañado por arroz y papas fritas. Es curioso que ninguno de estos dos peces sean originales del Titicaca: la trucha fue traída desde Canadá, y el pejerrey desde Argentina. Para los que sufren con la altura, una taza de infusión de muña puede ayudar.
Ya de regreso, hay que bajar 533 escalones para descender desde el pueblo hasta el puerto; algunos barcos, como l comunitario, llegan aquí, por lo que hay que subir esta larguísima escalera a la ida. Una vez en el barco, la imagen de esta pequeña isla de ocho kilómetros cuadrados, llena de colores, alguna vez territorio incaico, hacienda en el siglo XVI y prisión en el XIX, se va reduciendo hasta desaparecer.