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No me rompan las ilusiones

Por Enrique Pinti

No me rompan las ilusionesEntre los muchos asesinatos que hemos presenciado los veteranos de tantas guerras frías, calientes, sucias, reales y virtuales está la aniquilación impiadosa de la ilusión, esa hermana mayor de la esperanza, y digo mayor porque la esperanza es un postrer intento de optimismo ante la adversidad; por eso se la califica como ?lo último que se pierde?. En cambio, la ilusión es la quimera, la creencia de que todo puede ser posible y que la vida es la lucha por conseguirla. La ilusión se asemeja a una boya salvadora en medio del mar, una especie de ?señora de los imposibles? a la que se le ruega permanentemente para que nunca se vaya de nuestro espíritu. Es por eso que tratamos, a veces en formas poco sutiles, de conservar la ilusión de los niños a nuestro cargo. Los Reyes Magos y Papá Noel están en primera fila, y la leyenda de que ?la nona se fue al cielo a cuidar al perrito Pilín al que no atropelló un auto sino que un carruaje celestial se lo llevó al paraíso de los pichichos donde el rey es Pluto con permiso de Walt Disney? ocupará un lugar destacado en nuestro esperanzado intento de mantener la ilusión el mayor tiempo posible. En un mundo tan ?comunicado? y tecnificado como el de hoy, estas ?operaciones ilusión? son muy difíciles de mantener, y corremos el riesgo de que nuestros niños nos hablen muy adultamente de mitos y leyendas caducos con un lenguaje que siempre nos asombra porque tiene la lógica del que observa al mundo y lo entiende naturalmente como buen hijo de cada época.

Los papelones de los adultos suelen ser inmortalizados en chistes de ?Jaimitos? o ?Mafaldas? que sientan de traste a mayores muy menores. En una desenfrenada carrera cada época destruye, lesiona y desmantela las ilusiones e ingenuidades del pasado para dar explicaciones detalladas que echan por tierra cuanta mentira y sanata se haya inventado para ocultar verdades que, por prosaicas, destruyen el mundo mágico de lo inexplicable.

Los de mi generación creíamos, al ver películas de aventuras, que el león y Tarzán estaban frente a frente y no filmados en planos separados y unidos en la sala de montaje, que los actores principales recibían golpizas, azotes y estrangulamientos, no digo que verdaderos, pero sí reales en tiempo y espacio, en lugar de ser rodados por dobles y realzados por el sonido que hacía que las trompadas parecieran truenos, trompadas que, de ser ciertas, no habrían permitido al muchachito levantarse tan fresco después del palizón.

Fue al llegar la década del setenta cuando ?junto con La guerra de las galaxias y sus espectaculares viajes espaciales, Tiburón y sus mandíbulas sangrientas devorándose hermosas bañistas nocturnas algo pecaminosas y la segunda versión de King Kong y sus ojos cada vez más humanos? en Hollywood, creador y destructor de ilusiones en aras del marketing, comenzaron a comercializar la cocina del show; explicaron cada uno de los trucos y, de esta forma, rompieron la magia pero vendieron el triple de entradas porque supieron canalizar la curiosidad por el avance tecnológico de multitudes cada vez más ganadas por la fiebre electrónica. Así, hoy, cualquier pibe que se acerca a las grandes superproducciones siente que en poco tiempo conocerá cómo se colocó hasta el último tornillo para activar esos monstruos, y al saber cómo se construyen pierden su magia temible para convertirse en juguete o atracción de parque temático.

Esto ha llegado hasta el circo farandulero donde cualquier doña de barrio, otrora creyente de divorcios, adulterios, romances y casamientos que mantenían su ilusión de un mundo glamoroso lleno de heroínas sufridas, pecadoras irredentas, perversos seductores y muchachos confiables, es experta analista y, arqueando sus cejas incrédulamente, dice convencida: ?Esto está armado para hacer promoción y así ayudar al espectáculo que va flojo? o ?es una operación de prensa para lanzar a tal o cual figurita? y, a veces, alguna estrellita habla de más y admite: ?Yo ya no necesito armar notas e inventar romances; soy una figura, eso lo hice, pero nunca lo volveré a hacer?.

Por favor, chicas, ¡no me rompan las ilusiones!

revista@lanacion.com.ar

El autor es actor y escritor

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