Las calles, las iglesias y la llamativa arquitectura colonial de una ciudad que recuerda los desvelos independentistas. Una curiosa experiencia frente a un precipicio y un festejo con la típica feijoada.
Carlos Gorostiza, director, autor teatral y narrador, festejará los 90 con una novela y prepara una nueva edición de sus memorias.
De Ouro Preto, en Brasil, me habló el poeta Sigfrido Radaelli. También lo conocí a través del álbum del fotógrafo Horacio Cóppola, y de la novela de Abelardo Arias. Y resultó inolvidable haber viajado hasta allá, para estar en la cuna de la libertad de los brasileños, andar entre vertederos de aguas, fuentes y pousadas al estilo colonial portugués, pintadas y repintadas en verde, azul y amarillo. Deambulé por senderos adoquinados con típicas y grandes piedras redondeadas. Los faroles alumbraban las calles en el estilo melancólico del pasado; las esculturas de los profetas aún soñaban atrapadas en la "piedra jabón" donde las dejó el Aleijadinho, sobre una escenográfica altura acariciada por las campanas del ángelus. Y hasta pude conocer algunas cuevas que habitaron familias de esclavos.
Comprendí cosas que sólo se pueden sentir permaneciendo al menos unos pocos días en ese lugar que respira siglos de historia y desvelos de independentistas. Como los de Tiradentes, así llamado porque oficiaba de sacamuelas. Ouro Preto sintetiza la conquista tanto como la rebeldía americana, y exhibe llamativas construcciones al estilo portugués de antaño. Esa región está hilvanada por iglesias con cielorrasos y altares de madera pintada en pequeñas localidades -como Mariana, Congonhas Do Campo y otros santuarios- a corta distancia y fáciles de visitar en un par de días.
Antes de regresar a Buenos Aires, cuando estábamos cerca del aeropuerto y disponíamos de mucho tiempo antes de tomar el avión, decidimos hacer un último paseo en taxi por los cerros. El conductor nos ofreció participar de una curiosa experiencia. Se acercó con su auto a una solitaria calle cuya pendiente se prolongaba hasta un precipicio. Trancó el taxi manualmente, y nos preguntó qué ocurriría si soltaba el freno. Inquieto le respondí que seguramente caeríamos al vacío, una vez recorrida esa corta distancia que nos separaba del final de la calzada. "Todo lo contrario", respondió el taxista y con un movimiento liberó del freno a su auto que, insólitamente después de un momento de indecisión, empezó a retroceder de culata, trepando el callejón y alejándonos de lo que parecía una inexorable caída al vacío.
En aquel paisaje brasileño, el silencio era total. Sólo escuchaba la respiración agitada de mi esposa y también la mía, turistas sorprendidos, una vez más, con aquel ámbito. Era cierto lo que estaba sucediendo, pero parecía increíble. Para convencernos, el brasileño hizo lo inverso. Dio media vuelta con el vehículo, y quedamos de la mano opuesta. Es decir, de espaldas al precipicio y de frente a la subida que nos alejaba del abismo. Nuevamente puso punto muerto, y ahora, en vez de retroceder hacia la impresionante bajada de la calle avanzamos trepando la cuesta. Y así nos alejamos del insólito lugar. Ante nuestra extrañeza, el conductor explicó que aquello era un fenómeno magnético.
Para festejar, fuimos a comer una típica feijoada, que incluía patitas, hocico y hasta orejas de chancho dentro de un bullente caldo que devoramos, pese al calor reinante. Volví convencido de que, acabado el oro que da nombre a la zona, aquella montaña mantenía otro imán raro y muy poderoso.