Ana Belén Elgoyhen acaba de recibir en París un reconocimiento que muchos consideran el Nobel femenino: el Premio L’Oréal-Unesco For Women in Science, por sus aportes al entendimiento de la genética de la audición. LNR estuvo en su laboratorio del Conicet, un sitio pequeño donde ella hace trabajos de gigante, orgullosa de haberse formado en la Argentina.
–Esta noche hay pastas –dice ella, con su voz suave y su tono tranquilo.
A las 9 de la mañana, Ana Belén Elgoyhen, de 49 años, llega al Instituto de Investigación en Ingeniería Genética y Biología Molecular (Ingebi) con el cronograma del menú familiar en la cabeza.
–Mi marido ayuda, y mucho. Pero las que finalmente definimos qué habrá de comer siempre somos las mujeres.
Acaba de ser reconocida con el que, para muchos, es el máximo galardón a las mujeres de ciencia: el premio L’Oréal-Unesco para la región de América latina, que cada año otorga cien mil dólares a cinco investigadoras –una por cada continente– que hayan contribuido con sus logros al avance científico en el nivel global.
Y vaya si lo de Elgoyhen ha sido una contribución: en 1994, cuando trabajaba en el Instituto Salk, en La Jolla, California, descubrió un sistema que, en el interior del oído, modula lo que escuchamos y lo hace entendible. Permite que detectemos un sonido en un ambiente ruidoso (por ejemplo, lo se dice en una conversación que se mantiene en una fiesta con música fuerte), y protege el oído del trauma acústico. En el futuro, su descubrimiento podría ser útil para hallar respuestas a patologías que van desde los acúfenos (zumbido o campanilleo) hasta la sordera.
–Todo fue por casualidad. Yo estaba estudiando ciertos receptores cerebrales involucrados en enfermedades neurodegenerativas, y en la recepción de sustancias como la nicotina. Un día encontré un gen que pertenecía a la familia de esos receptores, pero que tenía una estructura algo diferente. Descubrí que ese gen daba información para unas proteínas que los fisiólogos de la audición habían buscado durante más de 30 años. Así que dejé el sistema nervioso central y me dediqué a la fisiología auditiva y la genética de la audición.
Ana Elgoyhen es didáctica y simple a la hora de explicar. Dice lo suyo sin términos raros:
–El ruido intenso duele.
La sala en la que conversa con LNR es la más silenciosa del edificio, pero igualmente entran por la ventana los rugidos de los colectivos de la calle.
–Buenos Aires es una ciudad tremendamente ruidosa...
–Sí. Aquí no se cumplen las leyes que podrían protegernos más. Los colectivos, las bocinas, todo eso produce un daño que es acumulativo e irreversible. Y los iPod que usan los chicos... Hay que educarlos para que bajen el volumen, porque también pueden dañar.
En la oficina que la doctora Elgoyhen comparte con otro científico del Ingebi no entran más que tres personas de pie. Afuera, en el pasillo, las heladeras e incubadoras que guardan años de experimentos e investigaciones están apiladas como panqueques. Y eso que –según confiesa– ella tiene la suerte de estar en uno de los institutos públicos mejor equipados del país.
–Trabajo en casa antes de venir. Necesito leer, pensar, escribir, pero acá es difícil. Tenemos muy poco espacio, y eso es una lástima. El gobierno ha invitado a los científicos que viven en el exterior para que vuelvan a trabajar al país. Mi pregunta es: ¿en qué lugares?, ¿en qué edificios? Me parece que uno de los mayores desafíos para Lino (Barañao, ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva) será la infraestructura edilicia. A veces, hasta tenemos plata para comprar un equipo nuevo, pero no lo hacemos porque no sabemos dónde ponerlo.
–De todos modos, por educación o por cultura, en esta parte del mundo la gente siempre encuentra cómo arreglarse.
–La educación argentina sigue siendo buena. Yo me formé acá, primero en el Santa Catalina, de Belgrano. Hice el bachillerato internacional y terminé hablando inglés, lo que me ayudó mucho. Después estudié bioquímica en la UBA e hice un doctorado en farmacología en el Conicet. Todo de excelencia, incluso de mayor amplitud mental que en los Estados Unidos. La experta en la vida secreta del oído dice que allá, en el país del Norte, la gente tiene “orejeras”.
–Es estructurada, poco flexible. Cuando estuve fuera del país jamás me sentí con menos posibilidades que un europeo o un norteamericano a la hora de resolver. Es así: en América latina tenemos reflejos para arreglárnosla con cualquier cosa. Nos educan bien, pero hay carencias. Y eso ejercita los reflejos.
La científica loca
Hacía 30 años que Ana Elgoyhen no viajaba a París. Esta vez le tocó llegar hasta allí para ser aplaudida por premios Nobel y científicos de todas partes. Está feliz, pero igualmente lo del premio todavía le resulta increíble.
–¿Por qué la sorprende tanto?
–Si hubiera habido hombres en la competencia, seguramente lo habrían ganado Parodi (Armando, de la Fundación Leloir), Koremblit (Alberto, del Conicet) o Rubinstein (Marcelo, del Conicet)
–Pero parece que el jurado internacional (también integrado por hombres) encontró que usted era merecedora de un premio así.
–Sí, tiene razón.
–¿Le parece que todavía hay que hacer alguna diferencia entre las mujeres y los hombres en el ámbito de la ciencia?
–La verdad, yo nunca me sentí discriminada. Nadie me puso un pie delante para que me cayera. Si a un hombre le fue mejor que a mí, siempre pensé que era por mérito y no por género. De todas maneras, si uno mira las cifras, hay más becarias mujeres que hombres, y a medida que se avanza sobre los cargos ejecutivos la pirámide se invierte: siempre hay más varones en los cargos de mayor envergadura.
–¿Por qué?
–En parte, creo que a nosotras se nos sigue complicando más hacer la carrera. Estamos divididas. Hay que criar a los hijos, ocuparse de la casa, contribuir a la economía familiar... De todos modos, yo creo que las cosas se pueden balancear. Y no dejaría una por otra.
A su hijo Bruno lo tuvo a los 40. Con Norberto, su marido, a quien conoció en el Ingebi cuando era becaria, en 1988. El se ocupa de cuestiones relacionadas con la importación de insumos para la investigación. Están juntos desde el ’97.
–Nunca pensé que iba a tener un hijo. O en realidad, pensé que ya no me iba a tocar. Seguramente por eso llegó: yo estaba “en otra”.
–¿A Bruno le interesa la ciencia?
–Dice que va a ser artista o dentista. Pero no sé, lo imagino ingeniero. Le encanta construir.
–¿Y qué opina él acerca de su trabajo?
–Que soy una científica loca.
–¿De dónde viene eso?
–Supongo que de algo que vio en la televisión. De esos programas o dibujitos donde los científicos aparecen como seres algo extraños.
–¿Lo son?
–No creo. Supongo que se nos ve así porque pasamos mucho tiempo en el laboratorio, sobre todo los que hacemos ciencia básica. La carrera del científico suele ser solitaria. El 80% de las veces uno se frustra porque no consigue nada de lo que busca, y hay que tener vocación para seguir ahí, haciendo un trabajo que es ingrato y que vale la pena por el 20% restante, por esos momentos en que descubrís algo, y aparece la magia de la ciencia.