La decisión de Julio Grondona de no renovarle el contrato a Diego Maradona ha sido doblemente racional.
Lo ha sido por lo pronto desde el ángulo deportivo, habida cuenta del estrepitoso fracaso de nuestra selección en Sudáfrica. Pero también lo ha sido desde el ángulo político una vez que Kirchner, el verdadero patrón de Grondona, vio disiparse su sueño de un Maradona triunfante rodeado por él y por Cristina, saludando a una multitud desde el balcón de la Casa Rosada. Tres pulgares se abatieron entonces sobre nuestro mágico futbolista: el de Grondona, el de Kirchner y el de un pueblo que, según lo indican las encuestas, fue perdiendo su fe en el "milagro Maradona".
¿Significa esta triple convergencia que nuestra cultura popular está cambiando? ¿Que nos estamos volviendo, a fuerza de disgustos, más "racionales"? Cuando clasificó las fuentes del poder, el sociólogo Max Weber señaló como una de las principales al "carisma", una palabra de origen religioso que quiere decir "aceite", pero no cualquier aceite sino el aceite sagrado con el cual Dios o el pueblo ungen a sus predestinados, por ejemplo a los profetas. Pero los profetas necesitan confirmar su exaltada condición mediante milagros. En Sudáfrica, el milagro se ausentó. El carisma que Maradona encarnaba y que Kirchner esperaba usufructuar, por ello, quedó en la nada.
Si ya no hay carisma, ¿prevalecerá en consecuencia la razón? ¿Perecerá la magia? No es fácil afirmarlo sin más porque los argentinos hemos demostrado más de una vez, a lo largo de la historia, nuestra fe en los milagros. El épico, el imposible cruce de los Andes mediante el cual San Martín liberó a la Argentina, Chile y Perú, fue el primero, el primordial y el más logrado de ellos. El primero, pero no el último. ¿No lo fue también la prodigiosa irrupción en nuestra escena política de figuras como Yrigoyen, Perón, Evita y el propio Alfonsín? ¿No pretendieron serlo, sin lograrlo, los reiterados golpes militares? Quizá los argentinos hemos sido "golpistas" más allá del trepidar de las armas porque una y otra vez creímos que nuestra suerte podría cambiar "de golpe", al día siguiente de un pronunciamiento o de una elección, esquivando el largo esfuerzo que exige la continuidad institucional.
El duro destino de Maradona, a quien sin embargo seguimos queriendo, ¿significará entonces que estamos madurando? ¿Que, ya sin las esperanzas mesiánicas que tantas veces nos han habitado, nos disponemos a seguir esa otra senda de la continuidad institucional que ya han emprendido, con notable éxito, naciones hermanas que hasta hace poco marchaban detrás nuestro como Brasil, Chile o Uruguay? Quizás. Sólo quizás.