El ciclo, que aquí emite HBO, volvió a la pantalla en su país; ahora, Don Draper tendrá agencia propia
NUEVA YORK.- "¿Quién es Don Draper?", pregunta un periodista, en el comienzo de la flamante cuarta temporada de Mad Men, y los miles de personas que ven el episodio en una pantalla gigante en Times Square, en Manhattan, anteanoche, sueltan una risita cómplice, porque saben que la identidad de Don Draper es mucho más complicada de lo que imagina este gris reportero.
Del otro lado de la mesa y en la pantalla, Draper responde con un gruñido, con lo que muestra lo poco que le gusta hablar de sí mismo, pero revela también, como se darían cuenta millones de espectadores en Times Square y en sus casas, su oscuro ánimo general: a pesar de ser un hombre súbitamente libre -ya no tiene jefes ni esposa-, el publicitario más exitoso de Manhattan está terminando 1964 malhumorado y a la defensiva.
En Times Square, mientras tanto, sobre unas tribunas de acrílico se han sentado miles de fanáticos de Mad Men ("¡7000!", anuncia el conductor del evento) para ver el estreno del capítulo una hora antes que en la TV. Y también para mostrar su fanatismo por la moda de la época: entre la marea de turistas y paseantes domingueros en jogging, ojotas y musculosas asomaban el domingo, como si se hubieran despertado de una siesta de medio siglo, los fans del ciclo de Matthew Weiner (cuya nueva temporada aún no tiene fecha de estreno aquí, donde se ve por HBO), envueltos en vestidos negros con lunares, trajes con corbatas finitas o guantes blancos hasta los codos.
"Amo Mad Men , amo la elegancia y la circunspección que había en aquella época", dice Beverly Christensen, una secretaria de Nueva Jersey que tenía puesto un collar de perlas grandes como pelotas de golf. ¿Le gustaría haber vivido en esa época? "Creo que no. La gente también sufría mucho por culpa de todas estas reglas."
Progreso continuo
La relación de Christensen con Mad Men refleja la extraña relación de fascinación y rechazo que tiene Estados Unidos con el programa de la señal AMC, que cuenta la vida de una agencia de publicidad neoyorquina en los años anteriores a los huracanes políticos y sociales de fines de los 60. Fascinado por la meticulosa reconstrucción de época y sorprendido por algunas actitudes de entonces (¡mujeres embarazadas que fuman!), EE.UU. mira esa premiada ficciónpara preguntarse si estos 40 años de contracultura, riqueza material y revolución sexual realmente han valido la pena. Si la actual democracia estética populachera, poco distinguida, pero más igualitaria, es un buen reemplazo para el viejo sistema de elegancia y reglas sociales que exigía represión e infelicidad, pero también servía como un guía transparente para el ascenso social.
En un momento de la noche, la actriz Elizabeth Moss, que interpreta a Peggy, la secretaria convertida en creativa, subió al escenario. El conductor hizo entrar una gran torta y pidió a la multitud que felicitara a Moss por su cumpleaños. La multitud obedeció y confundió deliciosamente ficción con realidad: una mitad cantó "Que los cumplas, Elizabeth..." y la otra, "que los cumplas, Peggy Olson".
Después apareció January Jones, flaquita y glamorosa. Le preguntaron qué podía revelar sobre lo que vendría. Jones, dueña de un sentido del humor bastante particular, respondió: "Nos morimos todos". La tribuna volvió a reírse, con la muy neoyorquina actitud de no acordarse de que hace dos meses, a dos pasos de donde estaba parada quien interpreta a Betty Draper, la policía había desactivado una bomba de un militante islámico que podría haber matado a miles de personas.