Hasta el sol salió el mediodía del sábado para celebrar que la década del 60, gloriosa y festiva, estaba de regreso en la Fundación Proa, convocada por Imán Nueva York, muestra liminar curada por Rodrigo Alonso.
Como si el tiempo no hubiera pasado, la memoria de las huestes del Di Tella (que también inauguraba los sábados) se coló en las magníficas salas restauradas por el italiano Bepe Caruso. Adriana Rosenberg fue la anfitriona ideal. Ella conoció mejor que nadie a Romero Brest como interlocutora del "padrino" de muchos de los artistas que volaron en los 70 a Nueva York, para exponer en el MoMA. Entonces, y tiene razón Marta Minujin, nadie hablaba de artistas "latinoamericanos" ni existía un mapa del arte en el sentido actual. Estaban París y la Gran Manzana, y esta última había sacudido las estructuras con la acción de Leo Castelli, del expresionismo abstracto y la apertura del MoMA, quintaesencia de la modernidad.
La atmósfera en Buenos Aires sintonizaba con esta frecuencia, algo que detectaron rápidamente Noé y De la Vega, Puente y Costa, Porter y Minujin, siempre alerta con sus antenas encendidas.
La Argentina vivía el último momento de una ilusión con las inolvidables Bienales de IKA, en Córdoba, que consagraron, entre otros, a Julio Le Parc. Si las bienales IKA hubieran seguido, ¿tendríamos en el país un ancla como San Pablo para las artes visuales? Frustrada por el golpe militar del 66, la euforia creadora tenía todavía cuerda activada en ese intercambio fecundo con Nueva York. Las becas Guggenheim, la exposición Information en MoMA, Bonino que abre su galería neoyorquina? y allá van los artistas argentinos con su identidad a cuestas.
La investigación de Alonso es el soporte teórico de una aventura visual que sumó abstracción, geometría, performance, land-art, videoarte y experiencias conceptuales. Como señala el curador, "la meta de Imán es mirar los 60 sin el filtro del pop ni del compromiso político". Energía e internacionalismo en estado puro.