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Había una vez un circo

Un nieto de mi mujer, que tiene sólo cuatro años, me preguntó si este año lo llevaría al circo, y le respondí que sí.

Había una vez un circo- ¿Voy a ver las pruebas que hace el elefante?- inquirió Francisco.

Tuve que contestarle la verdad. No habrá pruebas realizadas por ningún elefante. Ya no hay circos con animales, pues están prohibidos en casi toda la Argentina, y también en buena parte del mundo. Para el chiquito fue una noticia impactante, tal vez porque en la película Dumbo -que vieron todos los niños de ahora y de antes- el elefantito trabajaba en un circo.

No sé muy bien lo que está pasando con los circos. Hace poco conversé con una artista y empresaria, ya en la cuarta generación de este oficio tan de gitanos, húngaros, serbios y otros europeos del este - quien entre lágrimas me contó que debía desprenderse de sus amados leones. Las municipalidades prohíben los espectáculos con animales en distintas ciudades del país, de modo que la compañía circense buscaba quién pudiera adoptar a estas seis mansas fieras, acostumbradas al afecto íntimo de las personas, incapaces de cazar una gacela o un conejo, y por lo tanto condenadas a morir de hambre en su originario hábitat africano. No sé lo que habrán hecho estas personas con sus leones, pero había sonado la hora final para toda una colectividad de artistas de distinto origen, habituados a recorrer el mundo en caravana, como siempre se ha hecho.

El circo actual es otra historia. Lo llaman "circo" pero en realidad se desarrolla en un teatro. Ya no hay tigres, leones, elefantes, perritos amaestrados. No hay tampoco aquellas cuadrillas de caballos blancos, sobre cuyo lomo hacía equilibrio la bonita ecuyere. Naturalmente no hay domadores. Tampoco hay acróbatas, o mejor dicho: los acróbatas están atados con una cuerdita de seguridad, pues la nueva filosofía circense establece que "no se puede correr riesgo de vida para divertir a la gente".

Entonces: aquellos saltos mortales de los Hermanos Rivero, que hemos visto tantas veces en nuestra infancia, cuando los atletas se atrapaban mutuamente en el aire con los ojos vendados, no volverán a verse. Como no se verá al valiente domador que le abría la boca al león de tremendo rugido y metía la cabeza entre las mandíbulas, mientras el público contenía el aliento. Ya no.

En realidad se ha suprimido un elemento clásico del viejo circo: el Héroe. Un hombre valiente, fuerte, hábil, arriesgado. Ese tipo humano estaba representado por los domadores de fieras (osos o grandes felinos) y los acróbatas de altura. A lo mejor la sociedad ya no quiere héroes varones. Por de pronto, las leyes del nuevo circo los proscriben.

Es cierto: capturar y amaestrar animales es un detalle más del monstruoso carácter invasivo del ser humano. Me ha tocado, de chico, en un circo de los que paraban en Ramos Mejía, sentado en "punta de banco", observar de cerca el túnel-jaula por el cual se enviaba a las fieras hacia la arena. Los operarios, junto a la reja, golpeaban con varas de acero a los leones y tigres que pasaban rugiendo, al trote y de mala gana, hacia el centro del anfiteatro. Y los portadores de aquellas púas las clavaban con todas sus fuerzas en la grupa del animal, maldiciendo entre dientes, con odio. No llegaban a herirlos, pero los maltrataban.

También escuché a payasos y domadores (a veces son los mismos tipos que venden las entradas, ya que en el circo todos hacen todo) llorando desconsoladamente porque ya no podían llevar en la caravana a sus queridos leones, leopardos y osos. He leído las obras del escritor argentino Jorge Nedich, donde recuerda a los "oseros" y "monarios". Son dos oficios muy gitanos desde hace siglos: adiestradores de osos y monos.

Bien. Este circo ha sido suprimido. Resplandece en su lugar el Cirque Du Soleil, con sus mil competidores de mayor o menor calidad. En el "nuevo circo" hay acróbatas y contorsionistas, cantantes y bailarines, payasos y equilibristas, pero no animales. Son una versión sofisticada de lo que uno ve todos los días en los semáforos de Buenos Aires, o los domingos en Plaza Francia, o cada verano en la rambla de Mar del Plata. Esto es "otra cosa". No están los animales, y tampoco está el Hombre Valiente.

Es cierto que los animales no tienen nada que hacer en un espectáculo. Por otra parte, tampoco deberían estar en los zoológicos, presos y dementes como el pobre oso polar de Buenos Aires. O aferrados a la reja como los infelices gorilas del Zoo. Es todo muy cruel. Ahora bien: los amantes de los animales nos quedamos un poco alelados cuando nos explican que estas fieras han nacido en cautiverio y, por lo tanto serían incapaces de vivir en la libertad de las sabanas africanas o la selva del Amazonas. Allí morirían rápidamente, y además extrañarían de todo corazón a sus guardianes y adiestradores.

Los animales deben estar en libertad. Haciendo lo que muestra con todo sadismo Animal Planet, y demás programas o canales consagrados al reino animal. El tigre despedaza a la gacela, el lobo devora al conejito, las hienas atacan cobardemente al león viejo. ¡Es la naturaleza!

Lamentablemente, la naturaleza es más cruel que nosotros, y eso ya es decir. De modo que, si los niños del futuro (que en realidad es presente) quieren aprender cómo es un panda, cómo se comporta la zorra con su lechigada, cómo ruge el león, deberán comprarse un pasaje al Africa y verlos en el Parque Kruger. Sólo los niños ricos conocerán de cerca a los animales, y con un máuser en la mano. De esta forma evitaremos... ¿la crueldad humana?

En cuanto a la desaparición del Héroe Varón, deberá compensarse mediante los campeones del deporte, que a veces cumplen esa función en el imaginario social: es el caso de Monzón, Maradona, Muhamad Alí, Manny Pacquiao, Rafael Nadal, Roger Federer y otras encarnaciones de lo que ahora se lama "ídolo". Sólo que estas personas son solamente eso: personas. Y por lo tanto no siempre se comportan de un modo perfecto, inmaculado, soñado. Son la vida, no la fantasía.

En el circo había -antiguamente- un bello número llamado "El Hombre Bala". Nada que ver con el casamiento gay. Se trataba de un gran acróbata al que, envuelto en trapos y mantas, metían por la boca de un cañón gigantesco. Apuntando hacia una red a 40 metros de altura, el cañón disparaba de modo atronador y allí iba volando el hombre-bala, que chocaba con la red y quedaba colgado. Sus compañeros corrían a rescatarlo. El héroe estaba medio desvanecido, pero a los tropezones bajaba hasta la arena y saludaba al público, en medio de una fuerte ovación.

Yo era chico: no sé cuánto había de truco, cuánto de actuación y cuánto de coraje o resistencia física. Pero aquel héroe era perfecto. Porque estábamos asistiendo a una función de circo. Nos encontrábamos en el reino de la fantasía, creado por fabulosos atletas y grandes artistas, que eran crueles con su propio cuerpo y se ofrendaban a un público infantil sediento de ilusiones. Hoy, le mostramos a ese mismo público inocente cómo el cheetah masacra a una cebra. Primero persigue a la presa, luego le clava los dientes en el anca, luego le quiebra el cuello, luego le desgarra la yugular y después la despedaza mientras la cebra va muriendo. Después llegará el turno de los potrillitos. Al parecer, los asesores pedagógicos han determinado que ese espectáculo es verdaderamente instructivo para los niños. Porque es "real", aunque algunos insinúen que la cebra ha sido allí dopada y plantada por la "producción" para que un leopardo hambriento la alcance en diez minutos. ¡Tampoco se puede mantener la cámara enfocada, durante dos o tres años, en medio del Kalahari! Sale caro...

Por ese motivo, no creo que Francisco, el nieto de mi mujer, llegue a ver ningún elefante. Salvo que, de grande, se haga fabulosamente rico y pueda matar dos o tres en Africa.

Por Rolando Hanglin
Especial para lanacion.com

Martes 27 de julio de 2010

Fuente

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