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El pesimismo pone en peligro la reactivación

Si el mercado global no confía, ninguna medida resultará suficiente y estaremos ante una nueva profecía autocumplida.

El pesimismo pone en peligro la reactivación La confianza es el principal motor de cualquier economía. Cuando los agentes económicos vislumbran el futuro con optimismo, encaran nuevos proyectos, toman riesgos y dinamizan la inversión, el consumo y la producción. Lo contrario ocurre cuando temen al futuro: disminuye el consumo, se paraliza la inversión, los ahorros se canalizan hacia activos financieros considerados seguros (generalmente bonos del Tesoro Americano, en casos extremos también al oro) y la actividad económica se estanca. La Edad Media es un ejemplo de estancamiento secular asociado al miedo, mientras que el Renacimiento lo es de lo que sucede cuando los habitantes de un determinado lugar liberan sus capacidades creativas y pierden su temor.

La explosión de la burbuja inmobiliaria en 2008 generó una multiplicidad de efectos negativos que pusieron a la economía mundial al borde de la peor recesión desde la Gran Depresión de la década de 1930. Pronósticos pesimistas auguraban el fin del capitalismo, el inicio de una prolongada recesión, el ocaso del dólar como moneda de reserva y la caída del “Imperio Norteamericano”. Sólo dos años después vemos que la caída del PBI mundial fue “apenas” del 0,9%, que las expectativas para este año muestran un crecimiento del 4,6% con lo que se alcanzará un nuevo récord histórico, el comercio internacional se ha recuperado casi en su totalidad y el empleo comienza a hacerlo.

A pesar de estas buenas noticias, la verdad es que el mundo estuvo al borde de la catástrofe durante casi dos trimestres. El cierre de Lehman Brothers causó pánico entre los inversores, con la consiguiente paralización de los mercados crediticios. La caída del PBI durante ese período superó el 6%, varios bancos quebraron y sólo la acción decidida y coordinada de los gobiernos impidió el caos. La lección de la Gran Depresión fue bien aprendida y los gobiernos pusieron todos su esfuerzos en revertir el pánico, asegurando a los inversores que sus ahorros estaban a salvo y reciclando los fondos que recibían hacia el sistema financiero para impedir su colapso, y el de la economía en general.

Aunque pueda parecer paradójico, en estos momentos el mundo enfrenta otro período de dudas, con corridas semejantes (aunque de menor magnitud) a la del segundo semestre de 2008. El inicio de esta nueva ronda de “pánico” está asociado a los problemas fiscales de Europa y a dudas sobre sus deudas, pero se trasladó rápidamente a los Estados Unidos poniendo en cuestión la fortaleza de la recuperación. Estos acontecimientos coincidieron con una pérdida de dinamismo de la economía china, producto de las medidas que tomaron para enfriar su economía, lo que acentuó aún más el pesimismo de algunos analistas.

Los temores sobre las deudas de Grecia, Portugal, España, Irlanda e Italia generaron dudas sobre la fortaleza del euro y se reflejaron en compras de bonos del Tesoro de EE. UU., reduciendo el financiamiento en Europa y disminuyendo tanto el consumo como la inversión. Esta histeria es sorprendente: los que antes clamaban por la acción de los gobiernos ahora se rasgan las vestiduras por los mayores desequilibrios fiscales, más aún cuando estos desequilibrios no habían sido tan pronunciados (con la excepción de Grecia) hasta el año 2009, y en gran medida están asociados al preocupante envejecimiento de sus poblaciones.

Por otro lado, durante este período la zona del euro registró persistentes saldos conjuntos favorables en su cuenta corriente de la balanza de pagos, lo que implica que la región como un todo no gastó en exceso de su ingreso (excepto Grecia), aunque sí su sector público. España es un caso especial en el que el exceso de gastos estaba concentrado en su sector privado. El efecto contagio sobre EE. UU. fue inmediato y bastante directo, resultado tanto de la baja de las ventas en Europa como de los temores de los inversores en EE. UU. Esta tendencia podría verse fortalecida al publicarse indicadores menos favorables que lo que se esperaba hasta ahora.

En este contexto, los países de la zona del euro -como así también otros países europeos- comenzaron un importante proceso de ajuste en sus cuentas fiscales, con medidas que buscan reducir tanto el déficit estructural como el desequilibrio previsional. Estos ajustes se complementaron con un esquema financiero de ayuda mutua que incluye aportes por parte del FMI, al mismo tiempo que la Reserva Federal anunció la reapertura de su ventanilla para la realización de intercambio de monedas con bancos centrales extranjeros (swaps), al igual que lo hiciera exitosamente en 2008. El acceso a este paquete se encuentra condicionado a la adopción de medidas de ajuste fiscal por parte de todos los países que excedan las cláusulas de Maastricht.

Si bien todas las medidas adoptadas son adecuadas -y suficientes- desde la racionalidad del análisis económico, mientras no logren revertir las expectativas del mercado no evitarán una recaída de la actividad económica. El problema de esta tendencia es que los gobiernos cuentan hoy con menos instrumentos para compensar estos efectos, al limitar las dudas sobre la solvencia fiscal de los gobiernos la posibilidad de utilizar la política fiscal como mecanismo para compensar la baja del gasto privado. En este caso el énfasis debería estar en políticas monetarias compensatorias.

Las recientes colocaciones de deuda por parte de Grecia y España a tasas inferiores a las dispuestas por el paquete de asistencia financiera europeo son una buena señal de cómo el mercado está evaluando la implementación de los programas. Sin embargo, si el mercado no se convence, ninguna medida resultará suficiente, con lo cual estaríamos ante una nueva profecía autocumplida.

Afortunadamente las experiencias de la Gran Depresión y de Japón nos han dejado grandes enseñanzas de cómo actuar en estas circunstancias.

Por Ricardo Arriazu ECONOMISTA

25/07/10

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