En el país del cambalache, historias de vida con diploma de honor confirman que, con esfuerzo, se puede llegar lejos
Es lo mismo el que labura/ noche y día como un buey,/ que el que vive de los otros,/ que el que mata, que el que cura/ o está fuera de la ley". El Cambalache que Discépolo escribió en los 30 parece aún pintar un retrato de la Argentina donde opera una mano invisible y caprichosa, guiada por influencias, donde se elige el atajo porque el camino recto es demasiado empinado. Pero, en una mirada más atenta y optimista, enseguida se ve otro país, con una realidad menos escandalosa, en la que no se concibe el logro sin esfuerzo, y donde se reflejan la nobleza, el sacrificio y la sobriedad de su gente: es la Argentina del mérito.
"La meritocracia en nuestro país es una excepción. Acá todo es acomodo, el camino más rápido, el más fácil y directo: la influencia, el amiguismo, el parentesco. El resultado, en el corto plazo, es un atajo, pero a mediano y largo plazo no sirve en forma colectiva", analiza Luis Rosales, presidente de la Federación Universitaria del Río de la Plata (FURP), una institución privada de bien público que cumplió 40 años en su labor formativa de potenciales dirigentes.
Según el sociólogo Carlos De Angelis, el amiguismo tiene una raíz cultural: "Los países latinos tienden a construir relaciones basadas en la confianza, la simpatía y las recomendaciones, mientras que en el modelo anglosajón se respeta más la idea de la carrera". El mérito es la acción que hace al hombre digno de premio o de castigo, o, en su segunda acepción, el resultado de las buenas acciones que hacen apreciable a alguien. Les cabe a los que no aceptaron la vía rápida porque, por más tentadora que se les presentase, no era la correcta. Son los que se levantan uno y mil días a la madrugada, cargados con las herramientas de la constancia y la pasión, conscientes de que no existe el logro sin el esfuerzo. Como el jefe de la Clínica de Mediano Riesgo del Garrahan que, de chico, nunca fue al pediatra; el pintor criado en Mechita que aterrizó en Buenos Aires sin un peso en los bolsillos y recibirá el Gran Premio del Salón Nacional de la Pintura; la empleada doméstica que pagó los estudios universitarios de sus hijos con su trabajo en casas ajenas; el juez que recorrió el mundo con distintas becas y volvió al país para volcar sus conocimientos, el joven que durmió en la calle y ahora ayuda a los que están en esa situación.
Como éstos, son cientos los héroes anónimos que apuestan a la cultura del trabajo. "Una sociedad que vuelve a valorar el mérito es una sociedad que vuelve a valorar el sistema educativo, que le da un presupuesto acorde, que prepara a sus docentes y que no relaja las normas", remata el sociólogo como una salida hacia una comunidad más meritoria.
A continuación, las historias de Roberto Rocco, Juan Doffo, Nelly Pachas, Renato Rabbi Baldi Cabanillas, Damián Capola y Daniela González: seis testimonios de quienes cosecharon los frutos sembrados con el sudor de su frente y el viento en contra.